viernes, 7 de agosto de 2015

Disidencia frente al Pensamiento Único


Disidencia frente al Pensamiento Único

Pedro Luis Llera



Vivimos en los albores de una nueva etapa negra de la Historia. Si Dios no lo remedia, se nos avecina una nueva era marcada por el totalitarismo, las dictaduras y la represión; solo que esta vez la dictadura será a escala global. El llamado Nuevo Orden Mundial pretende imponernos un nuevo modelo de sociedad, dominada por un pensamiento único. Parece como si las distopías de Orwell o de Robert Hugh Benson se nos vinieran encima de repente. Quieren transformar la sociedad y dominarla. Y ello pasa por la destrucción de la familia.

Pero, ¿por qué quieren acabar con la familia? ¿Por qué esa obsesión? Pues porque la familia es la célula básica de la sociedad. La familia establece unos lazos, unos vínculos; la familia transmite unos valores que el pensamiento único detesta. La persona, sin familia, sin referencias, sin ningún tipo de anclaje, sin un paraguas que la ampare cuando llegan las crisis o las dificultades; la persona, desvinculada, queda a merced del Estado. De esta manera, una vez tomado el poder, los políticos de turno (todos piensan lo mismo y lo único que se puede pensar) adquieren un poder omnímodo y el Estado se convierten en un nuevo dios, dueño y señor del destino de cada individuo. El Estado se convierte en un ídolo al que hay que adorar para que solucione todos los problemas de la gente: la educación, la sanidad, las pensiones, las prestaciones por desempleo… El hombre queda a merced del Dios Estado Providente que me hará feliz y garantizará mi bienestar a cambio de que sea sumiso y obediente. Con eso, se consigue aplastar a la sociedad civil y a cualquier institución intermedia entre el Estado todopoderoso y la persona. Se acaba así con la libertad y con la democracia y se instaura un nuevo tipo de totalitarismo – con apariencias de democracia – que condenará a cualquiera que se atreva a ir en contra del pensamiento único políticamente correcto.

Marx afirmaba que toda la historia es una lucha de clases, de opresores contra oprimidos, en una batalla que sólo se resolverá cuando los oprimidos se alcen en revolución e impongan una dictadura de los oprimidos. Entonces, la sociedad será totalmente reconstruida y emergerá la sociedad sin clases, libre de conflictos, que asegurará la paz y prosperidad utópicas para todos. Los marxistas clásicos creían que el sistema de clases desaparecería una vez que se eliminara la propiedad privada, se facilitara el divorcio, se forzara la entrada de la mujer al mercado laboral, se colocara a los niños en institutos de cuidado diario y se eliminara la religión. Sin embargo, para los nuevos progresistas, los comunistas fracasaron por concentrarse en soluciones económicas sin atacar directamente a  la familia, que es el verdadero origen de la lucha de clases.

En los años 70, tras la Revolución del mayo del 68, los movimientos de izquierda – comunistas, anarquistas, hippies – empezaron a atacar a la familia considerándola como una institución reaccionaria. Entonces se decía que el matrimonio mataba el amor; que cuando se ama a otra persona, no hacían falta contratos ni firmas ni ceremonias. Defendían entonces el "amor libre" y las "parejas de hecho". Lo ideal era que las parejas vivieran juntas, sin ataduras ni compromisos ni vínculos matrimoniales. Y así, cuando el amor "se acabara", cada uno se iba por su lado y aquí paz y después gloria. El problema surgía cuando había hijos de por medio y quedaban desamparados tras las separaciones. Así que hubo que regular legalmente las parejas de hecho para que tuvieran los mismos derechos y obligaciones que los matrimonios. Y así se hizo. Pero como hombres y mujeres seguían empeñados en casarse y el plan de acabar con la familia por ese camino había fracasado – o se mostraba claramente insuficiente – , los ideólogos "progresistas" tuvieron que ir más allá: si no podemos destruir a la familia convenciendo a la gente para que no se case, vamos a acabar con la familia procurando que legalmente cualquier cosa sea una familia. Y entonces, se acabó con el discurso del amor libre y decidieron reformular el concepto de matrimonio y propugnar "nuevos modelos de familia": familias monoparentales, homosexuales… Y todos los que hasta hace un minuto despreciaban el matrimonio y atacaban la institución familiar, se pusieron a reivindicar su derecho a casarse. Y así se ha llegado a la legalización del matrimonio homosexual. Pero créanme: a quienes promueven el matrimonio homosexual, el matrimonio en sí les importa un bledo. Lo que quieren es acabar con la familia tradicional: si cualquier cosa es un matrimonio y una familia, el matrimonio y la familia acaban convirtiéndose en nada. Su objetivo sigue siendo el mismo que cuando predicaban el amor libre. Ni más ni menos.

Hoy en día, las ideologías tradicionales han muerto y los partidos políticos apena se diferencian. Liberales y conservadores han asumido que los principios progresistas son superiores. La derecha ha renunciado a sus propios valores y ha aceptado la superioridad moral de la izquierda. De este modo, al final, todos piensan igual y solo se distinguen unos de otros por alguna que otra receta técnica de carácter fundamentalmente económico. En lo demás, son esencialmente idénticos: cuando los partidos de derecha llegan al poder, lo que hacen es consolidar cada uno de los "avances" que la izquierda ha ido consiguiendo. Lo que ha pasado en España con la legislación sobre el aborto o el matrimonio homosexual resulta sumamente ilustrativo. Hay una serie de ideas de fondo en las que todos están de acuerdo. Se ha llegado a una especie de consenso ideológico transversal. Se mantiene la ficción del pluralismo ideológico y la democracia: puedes votar a distintas opciones. El problema es que todos los partidos son en realidad el mismo partido. Sólo se puede pensar de una manera y quienes se apartan de esa manera de pensar son automáticamente estigmatizados y señalados como peligrosos integristas radicales, lo que supone su muerte social. Predican la libertad y la tolerancia pero, a la hora de la verdad, practican lo contrario.

El instrumento de transformación social que el Pensamiento Único ha asumido como innegociable y que han asumido como propio todos los partidos políticos del arco parlamentario – no sólo las formaciones políticas de izquierda, sino también la derecha liberal pagana y anticristiana – se llama  Ideología de Género. Esta ideología considera que los roles del hombre y la mujer no son resultado de la naturaleza, sino de la historia y la cultura. Es la sociedad la que inventó los papeles de hombre y mujer. Según este planteamiento, para conseguir la igualdad definitiva entre hombre y mujer sería necesario:

a) Cambiar los roles masculinos y femeninos existentes: hay que deconstruir (destruir) los roles del hombre y la mujer. En realidad, el ser humano nace sexualmente neutral. Más tarde, es socializado en hombre o en mujer. Esta socialización afecta de manera negativa a la mujer. Por ello las feministas proponen depurar la educación y los medios de comunicación de todo estereotipo de género.

Los ideólogos del Pensamiento Único saben muy bien que la educación, los medios de comunicación y los productos culturales (series de televisión, películas, teatro, literatura…) son instrumentos que deben dominar y controlar para transmitir su ideología. Por eso en todas las series de televisión hay su cuota de homosexuales, con el fin de normalizar y visibilizar la realidad que ellos quieren imponer. Por eso, en esas mismas series de televisión, los católicos siempre aparecemos como personajes patéticos, reaccionarios, ridículos, deleznables e hipócritas.

b) Cambiar el lenguaje: el Nuevo Orden Mundial pretende también transformar nuestra manera de hablar y de escribir porque consideran que el idioma es machista e "invisibiliza" a la mujer. Por eso se han inventado una nueva lengua "igualitaria" (como la neolengua orwelliana). Tienen que cambiar el lenguaje para cambiar el pensamiento y transformar la realidad. En esta nueva jerga, por ejemplo, se eliminan todas las palabras que incluyen lo femenino dentro de lo masculino. Así en vez de "los alumnos de esa clase" se dirá "los alumnos y alumnas de esa clase". O se cambiarán términos como "Asociación de Padres" por "Asociación de Padres y Madres". También están promoviendo el uso de la grafía "@" para incluir a los dos géneros de una palabra a la vez. Su pasión revolucionaria les lleva a pretender modificar nuestro lenguaje. Ya no les vale el español de Cervantes, Lorca o Rafael Alberti. Y en ciertos ámbitos, supuestamente "ilustrados" (políticos, psicólogos, periodistas, profesores…), esta ideología está calando de manera tan llamativa, como lamentablemente reveladora del nivel de servilismo  y mediocridad de buena parte de la supuesta intelectualidad contemporánea. De nada vale lo que pueda decir la Real Academia Española de la Lengua ni los escritores que siguen manteniendo una pizca de libertad.

c) Fomentar diferentes formas de contacto sexual como parte de la igualdad: se reclama el reconocimiento del derecho hedonista al placer sexual, libremente deseado, sin vinculación necesaria a la afectividad (al amor); sin que se limite al matrimonio, a la heterosexualidad o a la procreación. Ya no existen dos sexos. Existen cinco géneros: heterosexual masculino, heterosexual femenino, gay, lesbiana y bisexual; sin olvidar la transexualidad (incoherencia entre sexuación de cuerpo e identidad de género, que les lleva a someterse a intervenciones quirúrgicas de cambio de sexo), el transgenismo (los que desean cambiar su identidad de género, pero sin transformar su cuerpo),  o el travestismo (placer erótico que surge de vestirse con ropa del otro sexo).

En este sentido, la Ideología de Género incluye como parte esencial de su agenda la promoción de la "libre elección" en asuntos reproductivos y de "estilo de vida". "Libre elección de reproducción" es la expresión clave para referirse al aborto libre; mientras que "estilo de vida" apunta a promover la homosexualidad y toda forma de sexualidad "alternativa".

El homosexualismo político pretende "normalizar" comportamientos ciertamente rechazables moralmente para un católico. Su objetivo es cambiar la sociedad, nuestra cultura y nuestra civilización a través de cambios legislativos que redefinan las evidencias antropológicas y biológicas. Por ejemplo, pretenden perseguir penalmente a quienes afirmamos que los actos homosexuales constituyen una grave depravación moral.  Así, todos los que no compartimos sus opiniones somos acusados de "homofobia".

La asignatura de Educación para la Ciudadanía que implantó la LOE – evaluable y obligatoria, al contrario que la Religión – se inscribe dentro de esta política de adoctrinamiento ideológico, de agitación y propaganda (el agitpro de toda la vida), al servicio de la nueva revolución del arco iris y del Pensamiento Único.

La Ideología de Género tiene una vocación sustancialmente totalitaria. Sólo pueden ser considerados demócratas aquellos que piensan como ellos. Y todos los que pensamos de manera diferente somos carcundia reaccionaria y casposa. Se trata de una concepción de la democracia al estilo de la antigua "República Democrática Alemana". Los que nos apartamos del pensamiento políticamente correcto somos ciudadanos de segunda a los que hay que eliminar, reeducar o reducir al ostracismo (eso ya lo hacía papá Stalin). De ahí el constante acoso a los católicos y a todos cuantos se oponen a esta nueva revolución silenciosa, a esta nueva dictadura a la que nos quieren someter. Porque una vez que todo el arco político ha aceptado y asumido el pensamiento único, el único adversario que les queda a quienes promueven la Ideología de Género es la Iglesia Católica, que mantiene los principios morales cristianos y se opone radicalmente a esta Ideología totalitaria.

 "Los códigos culturales profundamente enraizados, las creencias religiosas y las fobias estructurales han de modificarse. Los gobiernos deben emplear sus recursos coercitivos para redefinir los dogmas religiosos tradicionales": son palabras recientes y muy reveladoras de Hilary Clinton. Espeluznante: mentalidad totalitaria pura y dura. Por este camino, llegaremos a la ilegalización de la religión católica. Con lemas como "arderéis como en el 36" o "la única iglesia que ilumina es la iglesia que arde"; con asaltos "pacíficos" a nuestras capillas; con la propagación del odio hacia los católicos, no tardaremos en encontrar a grupos descontrolados y violentos que pongan la bala donde otros han puesto previamente la diana. Lo mismo que ocurrió en los años treinta cuando los "descontrolados" se dedicaron a quemar iglesias y a fusilar a fieles católicos, a curas y a obispos.

Ante esta amenaza totalitaria, reivindico el derecho a la disidencia, a pensar como me dé la gana, a definirme como católico y a defender los valores cristianos que desde hace siglos configuran la cultura y la historia de España y de Europa.

Los católicos tenemos derecho a serlo, a vivir conforme a nuestros principios morales, a celebrar nuestros sacramentos "como Dios manda" y no como le gustaría al "lobby gay"; a vivir como ciudadanos libres en una sociedad plural. Nosotros no queremos imponer nada a nadie. Y la Iglesia no cierra sus puertas a nadie ni excluye a nadie. Pero la Iglesia tiene el deber de conservar y transmitir la fe en su integridad: guste más o guste menos. La Iglesia tiene la obligación de predicar el Evangelio y la doctrina que ha llegado hasta nosotros por la tradición apostólica y por las palabras y la vida de los Santos. La salvación que anuncia la Iglesia pasa por la conversión de todos a Cristo. Cristo murió y resucitó para salvarnos a todos: si queremos. Pero esa salvación pasa, insisto, por la conversión; es decir, por cambiar nuestra manera de vivir para hacerlo conforme a los Mandamientos de la Ley de Dios. Lo que la Iglesia nunca podrá hacer es adaptarse a los gustos del mundo ni acomodar su predicación al pensamiento o a las imposiciones de los poderosos de este mundo o de los grupos de presión. No vamos a permitir que el pensamiento único nos obligue a renunciar a nuestros principios ni nadie nos va a obligar a redefinir nuestros dogmas, nuestro catecismo o nuestros sacramentos para adaptarlos a lo que le agrade al mundo. No vamos a adorar al Dios Estado ni vamos a plegarnos a las exigencias de los enemigos de Cristo y de la Iglesia. "Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; más bien temed a aquel que puede hacer perecer tanto el alma como el cuerpo en el infierno". "Nos acosan por todas partes, pero no hasta el punto de abatirnos; estamos en apuros, pero sin llegar a ser presa de la desesperación; nos persiguen, pero no quedamos abandonados; nos derriban, pero no consiguen rematarnos". Se avecinan tiempos recios.


miércoles, 22 de julio de 2015

Entrevista al cardenal Ratzinger después del 11-S

13 de mayo de 2005                                       

Entrevista al cardenal Ratzinger después del 11-S

ROMA, viernes, 13 mayo 2005 Zenit.- Publicamos la trascripción de la entrevista que hizo en 2001 al cardenal Joseph Ratzinger Antonella Palermo, de «Radio Vaticana». 
La emisora pontificia recibió numerosas peticiones para su redifusión por la elección del purpurado como Papa. En el momento de la entrevista, la guerra de los Estados Unidos contra el terrorismo en Afganistán había entrado en su segundo mes.

--Usted aceptó que su libro-entrevista «Dios y el mundo» empezara con esta pregunta que le dirigió el periodista Peter Seewald: «¿Tiene usted a veces miedo de Dios?». Se la vuelvo a plantear hoy.

--Cardenal Ratzinger: No tengo miedo de Dios porque Dios es bueno. Naturalmente soy consciente de mi debilidad, de mis pecados. En este sentido existe un temor de Dios, que es otra cosa que el miedo entendido en sentido humano. San Hilario dijo: «Todo nuestro temor está en el amor». Por lo tanto el amor implica no temor, sino digamos la preocupación de no contrariar el don del amor, de no hacer nada que pudiera destruir el amor. En este sentido hay algo distinto que no es temor, es reverencia, mucha, de modo que nos sentimos obligados realmente a responder bien a este amor y a no hacer nada que pudiera destruirlo.

--Una de las cuestiones que me parece crucial hoy es la que de modo bastante lacónico se expresa con el eslogan «Dios sí, Iglesia no». Usted en el libro responde con una preocupación ulterior sobre este aspecto. ¿Desea aclararla?

--Cardenal Ratzinger: Sí, porque diciendo «Dios sí, o tal vez incluso Cristo sí, Iglesia no» se crea un Dios, un Cristo según las propias necesidades y según la propia imagen. Dios ya no es realmente una instancia que está frente a mi, sino que se convierte en una visión mía, que yo tengo, y por lo tanto responde también a mis ideas. Dios se convierte en una verdadera instancia, un verdadero juez de mi ser, por lo tanto también en la verdadera luz de mi vida, si no es sólo una idea mía, sino si vive en una realidad concreta, si verdaderamente se sitúa ante mí y no es manipulable según mis ideas o deseos. Por eso separar a Dios de la realidad en la que Dios está presente y habla a la Tierra quiere decir no tomar en serio a este Dios, que se hace por lo tanto manipulable según mis necesidades y deseos. Considero por esto un poco ficticia esta distinción.

--Usted habla en su texto también del hecho de que tal vez se tiende a estar de acuerdo hoy con el eslogan «Dios no, religión sí».

--Cardenal Ratzinger: Éste es otro aspecto del problema actual: se busca algo religioso, algo religioso que dé cierta satisfacción, porque el hombre tiene este deseo de encontrarse con el infinito, de tener esta respuesta de otra dimensión, de un más allá que además le dé también una dulzura, una esperanza que las cosas materiales no pueden dar. Pienso que ésta es realmente una gran tendencia de hoy: separarse de la necesidad de fe, de un sí concreto y pleno de contenidos, por un sentimiento satisfactorio, por una especie de mística anónima que me da un poco de respiro, pero que por otro lado no exige mi compromiso. Por un momento puede ser algo muy bello encontrarse con esta dimensión mística, tener esta especie de ensanchamiento de mi yo, pero sin un compromiso mío, sin una respuesta mía, se transforma también en algo vacío, una auto-satisfacción en la que al final el yo permanece en la cárcel del yo.

--Su libro apareció en las librerías de Italia dos días después de los atentados en los EE. UU. Si hubiera salido un poco más tarde, ¿qué habría querido añadir a la luz de aquellos sucesos?

--Cardenal Ratzinger: Mencionaría probablemente este problema del abuso del nombre de Dios; porque estos atentados se llevan a cabo también en nombre de Dios, en nombre por lo tanto de una religión de la que se abusa por los propios objetivos, una religión politizada y sometida así al poder, que se convierte en un factor del poder. Por otra parte tal vez habría hablado más de la necesidad de conocer a Dios con su cara y su rostro humano. Si vemos a Cristo, el rostro de Cristo, de un Dios que sufre por nosotros y no usa la omnipotencia para regular con un golpe de poder la realidad del mundo, sino que va a nuestro corazón y tiene un amor que incluso se hace matar por nosotros, tenemos una visión de un Dios que excluye todo tipo de violencia; así, el rostro de Cristo me parece la respuesta más adecuada al abuso de un Dios que sería instrumento de nuestro poder.

--«Me atrevería a decir que nadie puede matar a otro hombre sin saber que esto está mal»: así se expresa usted en el libro respondiendo a la pregunta «¿Hay personas sin conciencia?». Me pregunto: los fundamentalistas, de cualquier naturaleza, se expresan en nombre del bien, invocando el nombre de Dios. Entonces, ¿qué podemos decir?

--Cardenal Ratzinger: Sí, naturalmente los fundamentalistas son muy diferentes entre sí. Diría que, por ejemplo, entre los evangélicos en los Estados Unidos hay personas que se identifican hasta el final con las palabras de la Sagrada Escritura, y pueden así, si son realmente fieles a la palabra de la Escritura, superar el peligro del fanatismo y de una religión que se hace violencia. Pero en todo caso es importante que la religión no sea definida por nosotros mismos, sino que es un don que nos viene del Señor, y que sea vivido en una realidad viva como la Iglesia, que excluye la manipulación por mi parte y que por otro lado está ligada, vinculada a la palabra de Dios; de esta forma diría que tenemos este equilibrio entre una realidad no manipulable, la Palabra de Dios, y la libertad que vive esta palabra y que la interpreta en la vida.

--¿Pero en su opinión existe una guerra justa?

--Cardenal Ratzinger: Esto es un gran problema. En la preparación del Catecismo había dos problemas: la pena de muerte y la guerra justa eran los temas más debatidos. Es un discurso que ahora se hace concreto en el caso de las respuestas de los americanos. O bien podemos hacer referencia a otro ejemplo, el de Polonia, que se defendió contra Hitler. Diría, no se puede excluir según toda la gran tradición cristiana, en un mundo marcado por el pecado, que existe una agresión del mal que amenaza con destruir no sólo muchos valores, muchas personas, sino la imagen del hombre como tal. En ese caso, defenderse, defenderse también para defender al otro, puede ser un deber. Digamos, por ejemplo, que un padre de familia que ve agredidos a los suyos tiene el deber de hacer lo posible para defender a la familia, la vida de las personas a él confiadas, incluso eventualmente con una violencia proporcionada. Por lo tanto el problema de la guerra justa se define en base a estos parámetros: 1. Si se trata realmente de la única posibilidad de defender vidas humanas, defender valores humanos. Todo ponderado realmente en la conciencia y ponderando todas las otras alternativas. 2. Que se apliquen sólo los medios inmediatos aptos a esta defensa y que se respete siempre el derecho; en una guerra tal el enemigo debe ser respetado como hombre y todos los derechos fundamentales deben ser respetados. Pienso que la tradición cristiana sobre este punto ha elaborado respuestas que deben ser actualizadas sobre la base de las nuevas posibilidades de destrucción, de los nuevos peligros. Provocar, por ejemplo, con una bomba atómica la destrucción de la humanidad puede tal vez incluso excluir toda defensa. Por lo tanto hay que actualizarlas, pero diría que no se puede excluir totalmente a priori toda necesidad, incluso moral, de una defensa de personas y valores con los medios adecuados, contra agresores injustos.

--Hablaba del respeto de la dignidad de la persona. Se me ocurre pensar también en la necesidad y en la dificultad del perdón. ¿A usted le resulta siempre tan fácil perdonar?

--Cardenal Ratzinger: Naturalmente si uno está herido íntimamente debe superar también esta amargura dada por la herida, y no puede ser algo fácil, porque el hombre está atacado en lo íntimo de su ser, debe purificarse, debe superar las agresiones innatas, y sólo en un camino de purificación interior, que puede ser también difícil, se llega al verdadero perdón; pero en este sentido la necesidad del perdón es también una gracia para el hombre, porque así él mismo es purificado y renovado y se hace más auténtico hombre en el proceso de purificación y de perdón.

--¿Qué es el castigo en la lógica de Dios?

--Cardenal Ratzinger: Dios no nos hace el mal; ello iría contra la esencia de Dios, que no quiere el mal. Pero la consecuencia interior del pecado es que sentiré un día las consecuencias inherentes al mal mismo. No es Dios quien nos impone algún mal para curarnos, pero Dios me deja, por así decirlo, a la lógica de mi acción y, dejado a esta lógica de mi acción, soy ya castigado por la esencia de mi mal. En mi mal está implicado también el castigo mismo; no viene del corazón, viene de la lógica de mi acción, y así puedo entender que he estado en oposición con mi verdad, y estando en oposición con mi verdad estoy en oposición con Dios, y debo ver que la oposición con Dios es siempre autodestructiva, no porque Dios me destruya, sino porque el pecado destruye.

--Eminencia, usted ocupa el cargo de prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe desde hace 20 años. Su tarea es defender la verdad de Cristo en la fidelidad absoluta a las Escrituras, pero en la encarnación del tiempo presente. Es una tarea extremadamente delicada y difícil, tal vez también por que no todos quieren saber la verdad...

--Cardenal Ratzinger: Es ciertamente un encargo difícil, también porque el concepto de autoridad ya casi no existe. Que una autoridad pueda decir algo parece ya incompatible con la libertad de todos a hacer lo que quieren y sienten. Es difícil también porque muchas tendencias generales de nuestra época se oponen a la fe católica, se busca una simplificación de la visión del mundo en el sentido de que Cristo no podría ser Hijo de Dios, sino que se le considera como mito, como gran personalidad humana, que Dios no puede haber aceptado el sacrificio de Cristo, que Dios sería un Dios cruel... En fin, hay muchas ideas que se oponen al cristianismo y muchas verdades de la fe que realmente deben ser reflexionadas nuevamente para ser expresadas adecuadamente al hombre de hoy. Así, uno que está encargado de defender la identidad de la fe católica en estas corrientes que se oponen a nuestra visión del mundo necesariamente se ve en oposición con muchas tesis dominantes de nuestro tiempo, y por lo tanto puede parecer como una especie de oposición a la libertad del pensamiento, como una opresión del pensamiento libre; por lo tanto necesariamente este trabajo crea oposición y reacciones negativas. Pero debo decir que también muchos están agradecidos porque en la Iglesia católica persiste una fuerza que expresa la fe católica y da un fundamento sobre el que poder vivir y morir. Y esto es para mí lo consolador, satisfactorio, y que veo muchas personas que están agradecidas porque esta voz existe, porque la Iglesia sin violencia, sólo con los medios de convicción, busca responder a los grandes desafíos de nuestro tiempo.

--Veinte años en la Congregación introducidos prácticamente en los veinte años de pontificado de Juan Pablo II: sus recuerdos más fuertes...

--Cardenal Ratzinger: Los recuerdos más fuertes están unidos a los encuentros con el Papa en los grandes viajes; después al gran drama de la teología de la liberación, donde hemos buscado el camino justo; y luego todo el empeño ecuménico del Santo Padre, esta búsqueda de una gran apertura de la Iglesia en la que al mismo tiempo no pierda su identidad. Los encuentros normales con el Papa son tal vez la experiencia más bella, porque aquí se habla de corazón a corazón y vemos la intención común de servir al Señor, y vemos cómo el Señor nos ayuda también a encontrar compañía en nuestro camino: porque nada se hace sólo por mí; esto es muy importante, no tomar solo decisiones personales, sino en una gran colaboración. Esto siempre en un camino de comunión con el Papa, que tiene una gran visión de futuro. Él me confirma y me guía en mi camino.

--¿Pero cómo es el Papa? ¿Algún adjetivo por su parte que pudiera hacérnoslo también más familiar...?

--Cardenal Ratzinger: El Papa es sobre todo muy bueno. Es un hombre que tiene un corazón abierto, también un hombre bromista con quien se puede hablar alegremente y de forma distendida. No estamos siempre sobre grandes nubes, estamos en esta vida... Esta bondad personal del Papa me convence siempre de nuevo, no olvidando su gran cultura, su normalidad y el hecho de que está con los dos pies sobre la tierra.

--Usted afirma que la Iglesia «aún no ha dado el salto al presente». ¿Qué quiere decir?

--Cardenal Ratzinger: Existe todavía por hacer un gran trabajo de traducción de los grandes dones de la fe al lenguaje de hoy, al pensamiento de hoy. Las grandes verdades son las mismas: el pecado original, la creación, la redención, la vida eterna... Pero muchas de estas cosas se expresan aún con un pensamiento que ya no es el nuestro, y es necesario hacerlas llegar al pensamiento de nuestro tiempo, hacerlo accesible para que el hombre vea verdaderamente la lógica de la fe. Es un trabajo aún por hacer.

--Con mucha ternura y con palabras muy bellas usted recordada la figura de Juan Pablo II. ¿Podría ahora describirse a sí mismo? ¿Cómo se ve usted?

--Cardenal Ratzinger: Es imposible un autorretrato; es difícil juzgarse uno mismo. Sólo puedo decir que vengo de una familia muy sencilla, muy humilde, y por ello no me siento mucho cardenal, me siento un hombre sencillo. En Alemania vivo en un pequeño pueblo con personas que trabajan en la agricultura, en el artesanado, y allí me siento en mi ambiente. Al mismo tiempo busco ser así también en mi función; si lo logro, no lo puedo juzgar yo. Recuerdo siempre con gran afecto la profunda bondad de mi padre y de mi madre y naturalmente para mí bondad implica también la capacidad de decir «no», porque una bondad que deja pasar todo no hace bien al otro; alguna vez la forma de la bondad puede ser también decir «no» y arriesgarse así incluso a la contradicción. Pero incluso esto debe estar realmente alimentado no por sentido de poder, de reivindicación, sino que debe provenir de una bondad última, del deseo de hacer bien al otro. Estos son mis criterios, éste mi origen; otras cosas deberían decirlas los demás.

--El libro se cierra con una frase de Juan XXIII que usted hace suya, en la que expresa el gozo de pertenecer «a una Iglesia que es viva y joven y continúa su obra sin miedo adentrándose en el futuro». Dice creer en la juventud de la Iglesia. ¿Qué dice hoy a las nuevas generaciones?

--Cardenal Ratzinger: Que deben tener confianza, que la Iglesia es siempre joven y el futuro siempre pertenece a la Iglesia. Todos los otros regímenes que parecían muy fuertes han caído, ya no existen, sobrevive la Iglesia; siempre un nuevo nacimiento pertenece a las generaciones. Confianza, ésta es realmente la nave que lleva a puerto.

[Traducción del original italiano realizada por Zenit]
(13 de mayo de 2005) © Innovative Media Inc.

sábado, 27 de junio de 2015

Origen de las Disidencias contra la Humanæ vitæ

Origen de las Disidencias
Crisis postconciliares, incomodidades ante la Humanæ vitæ, Oposición de algunos teólogos...


Por: P. José María Iraburu | Fuente: Catholic.net


Enseñar la verdad, más que condenar el error

El Beato Juan XXIII (papa 1958-63), en el Discurso inaugural del Concilio Vaticano II (1962-65), afirma que éste dará «un magisterio de carácter prevalentemente pastoral».

Sin embargo, la Iglesia quiere que el Concilio «transmita la doctrina pura e íntegra, sin atenuaciones, que durante veinte siglos» ha mantenido firme entre tantas tormentas. Los errores nunca han faltado. Y «siempre se opuso la Iglesia a estos errores. Frecuentemente los condenó con la mayor severidad. En nuestro tiempo, sin embargo, la Esposa de Cristo prefiere usar de la medicina de la misericordia más que de la severidad. Piensa que hay que remediar a los necesitados mostrándoles la validez de su doctrina sagrada más que condenándolos» (n.14-15; 11-XI-1962).

Una enseñanza, que se relaciona con la anteriormente subrayada, la hallamos en la Declaración conciliar Dignitatis humanæ, sobre la libertad religiosa:

«...la verdad no se impone de otra manera que por la fuerza de la misma verdad, que penetra suave y a la vez fuertemente en las almas» (DH 1).

Juan Pablo II considera que éste es un «principio de oro dictado por el Concilio» (1994, cta. apost. Tertio Millenio adveniente 35).

Y ciertamente el Papa Pablo VI (1963-1978) se atiene a ella a lo largo de todo su pontificado. En efecto, así como en la enseñanza de la verdad y en la refutación de los errores muestra admirablemente su Autoridad apostólica docente, cohibe ésta en buena parte a la hora de frenar a los causantes de errores y abusos. Quizá, probablemente, esperaba que en años más serenos, pasadas las crisis postconciliares, se darían circunstancias favorables para ejercitar con más fuerza la potestad apostólica de corregir y sancionar.

Crisis postconciliares

En los años que siguen al Concilio, sin embargo, la situación de la Iglesia se va haciendo gravemente alarmante. Los errores doctrinales y los abusos disciplinares proliferan en esos años y van creciendo hasta producir conflictos muy fuertes.

Un caso de grave resistencia a muchas verdades y normas de la Iglesia se produce, por ejemplo, en el Catecismo Holandés y en el Concilio pastoral de Holanda (1967-1969).

Las propuestas doctrinales y disciplinares de éste le dejan a Pablo VI «perplejo» y le parece que «merecen serias reservas» (Cta. al Card. Alfrink y a los Obispos de Holanda, «L´Osservatore Romano» 13-I-1970).

El Cardenal croata Franjo Seper, en 1972, siendo Prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, escribía estas palabras al padre Mikvlich:

«Me causa gran gozo que esté usted empeñado en el buen combate de la ortodoxia en materia de educación religiosa. No hay duda de que [...] se han traspasado todos los límites de lo tolerable. Hace poco tuve en las manos un "Catecismo" holandés, que no tenía nada que ver con la religión cristiana. [...]

«Soy incapaz de adivinar cuánto tiempo durará entre los católicos la locura actual. Por el momento, abunda la literatura sobre el ecumenismo; pero, en realidad, la crisis doctrinal católica es, al presente, un terrible obstáculo para el ecumenismo. El año pasado, en el día de Sábado Santo, tenía a mi mesa a un pastor protestante de Holanda, que me aseguraba que sus feligreses holandeses, protestantes, no tenían idea alguna de los interlocutores con quienes pudieran dialogar, pues no pueden discernir quién representa la doctrina católica. Y recientemente, si no me equivoco, un profesor ortodoxo griego se expresaba exactamente en el mismo sentido en un artículo publicado en un boletín del patriarcado serbio.

«Pienso que un día nuestros católicos volverán a la razón. Pero, ¡ay!, me parece que los obispos, que han obtenido muchos poderes para ellos mismos en el Concilio, son muchas veces dignos de censura, porque, en esta crisis, no ejercen sus poderes como deberían. Roma está demasiado lejos para intervenir en todos los escándalos, y se obedece poco a Roma. Si todos los obispos se ocupasen seriamente de estas aberraciones, en el momento en que se producen, la situación sería diferente. Nuestra tarea en Roma es difícil, si no encuentra la cooperación de los obispos»

Quejas semejantes ha expresado recientemente el Cardenal Ratzinger, también Prefecto de la Congregación de la Fe.

No podemos alargarnos ahora en la descripción y análisis de las tormentas doctrinales y disciplinares aludidas. Pero al menos examinaremos aquí con cierta atención la crisis, especialmente significativa, ocasionada por la encíclica Humanæ vitæ (1968).

La crisis de la Humanæ vitæ

Quizá el acto más valioso de todo el pontificado de Pablo VI fue la publicación de la encíclica Humanæ vitæ. «En virtud del mandato que Cristo Nos confió» (6), él enseña «la doctrina de la Iglesia» sobre el matrimonio (20, 28, 31). Haciéndolo, ha de de contrariar, en medio de una inmensa expectación de la Iglesia y del mundo, a la gran mayoría de los opinantes. En aquella ocasión, la autoridad de su Magisterio supremo actúa ciertamente ex sese, y no ex consensu Ecclesiæ, según los términos del Vaticano I.

Pablo VI en su encíclica enseña «la doctrina moral sobre el matrimonio propuesta por el Magisterio de la Iglesia con constante firmeza» (6). No hace, en efecto, sino continuar la doctrina de la tradición católica, de la Casti connubii (1930) de Pío XI, de las enseñanzas de Pío XII, las mismas que Juan Pablo II reitera después en la encíclica Familiaris consortio (1981) y en el Catecismo de la Iglesia Católica (1992).

Publicada la encíclica, inmediatamente se le viene encima a Pablo VI el mundo y buena parte de la Iglesia. Ya se lo esperaba:

«Se puede prever que estas enseñanzas no serán quizá fácilmente aceptadas por todos: son demasiadas las voces -ampliadas por los modernos medios de propaganda- que están en contraste con la de la Iglesia» (HV 18).

Oposición de algunos teólogos

La grave maldad de la anticoncepción había sido hasta el Concilio unánimemente enseñada por los autores especializados en teología moral católica.

El P. Häring, por ejemplo, en La Ley de Cristo (I-II, Barcelona, Herder 19654), enseña que el uso de preservativos «profana las relaciones conyugales». Del onanismo -refiriéndose aquí con ese término al mal uso del matrimonio- dice que «sería absurdo pretender que tal proceder se justifica como fomento del mutuo amor. Según San Agustín, no hay allí amor conyugal, puesto que la mujer queda envilecida a la condición de una prostituta» (II,318). Por el contrario, «la continencia periódica respeta la naturaleza del acto conyugal y se diferencia esencialmente del uso antinatural del matrimonio» (316).

Ésta era, conforme al Magisterio apostólico, la enseñanza unánime de los moralistas. Pero en torno al Concilio se habían suscitado expectivas generalizadas de que la Iglesia, como no pocas confesiones protestantes, iba a aceptar la anticoncepción, al menos en ciertas condiciones. Por eso la Humanæ vitæ ocasionó en muchos indignación y rechazo. La rebeldía no se hizo esperar.

Mes y medio después de publicada la Humanæ vitæ, el P. Häring hace un llamamiento general a resistirla:

«Si el Papa merece admiración por su valentía en seguir su conciencia y tomar una decisión totalmente impopular, todo hombre o mujer responsable debe mostrar una sinceridad y una valentía de conciencia similares... El tono de la encíclica deja muy pocas esperanzas de que [un cambio doctrinal] suceda en vida del Papa Paulo... a menos que la reacción de toda la Iglesia le haga darse cuenta de que ha elegido equivocadamente a sus consultores y que los argumentos recomendados por ellos como sumamente apropiados para la mentalidad moderna [alude a HV 12] son simplemente inaceptables... Lo que se necesita ahora en la Iglesia es que todos hablen sin ambages, con toda franqueza, contra esas fuerzas reaccionarias» (La crisis de la encíclica. Oponerse puede y debe ser un servicio de amor hacia el Papa: «Commonweal» 88, nº20, 6-IX-1968; art. reproducido en la revista de los jesuitas de Chile, «Mensaje» 173, X-1968, 477-488).

Una parte importante de los moralistas coincide en esos años con la postura del P. Häring. Una declaración, por ejemplo, de la Universidad Católica de Washington, encabezada por el P. Charles Curran, y apoyada por unos doscientos «teólogos», rechaza la doctrina de la encíclica («Informations Catholiques Internationales», n. 317-318, 1968, suppl. p.XIV).

También en España muchos profesores de teología se han opuesto y se oponen a la doctrina de la Iglesia en temas de moral conyugal.

Oposición de algunos episcopados

En 1968 se produce en Francia, y un poco en todo el mundo, la Revolución de mayo. Y ese mismo año, en julio, estalla en la Iglesia la crisis de la Humanæ vitæ. Es un momento en el que la esperanza se pone en la rebeldía y el cambio.

El padre Marcelino Zalba, jesuita, en su estudio Las Conferencias episcopales ante la Humanæ vitæ (Cio, Madrid 1971), deja claro que son muchas más las Conferencias episcopales que aceptan claramente la encíclica, que aquellas que se muestran más o menos reticentes o a la defensiva, como si la encíclica fuera a ser causante de graves problemas de conciencia en los fieles.

Si se mira el número de Obispos de las diversas Conferencias, se aprecia que son muchos más los Obispos que aceptan claramente la inmoralidad absoluta de la contracepción que aquellos que se muestran reservados o reticentes: «hemos calculado grosso modo que [son] unos 1300 frente a unos 300-350» (Zalba, 192).

La posición, sin embargo, de los reticentes iba a tener una consecuencia histórica enorme. Con diversos matices y argumentos, varios Episcopados, como los de Alemania occidental, Austria, Bélgica, Canadá, Escandinavia, Francia, Holanda, Indonesia, Inglaterra y Gales, Rodhesia, aunque en esa hora crítica aceptan doctrinalmente la encíclica, consideran pastoralmente que, al no ser una declaración pontificia infalible, no cabe excluir absolutamente un posible disentimiento, de modo que, en casos gravemente conflictivos, habría que remitir el discernimiento del problema a la propia conciencia. Así, por ejemplo, los Obispos escandinavos: «que ninguno, por tanto, sea considerado como mal católico por la sola razón de un tal disentimiento».

Estas actitudes, producidas sobre todo en los países más ricos e influyentes de la Iglesia, van a ocasionar que la disidencia contra la moral conyugal católica, más o menos acentuada, se vaya haciendo en esos años primero lícita, y poco más tarde casi obligatoria para los católicos ilustrados o para cualquier movimiento de renovación y vanguardia.

La doctrina católica, sin embargo, da una verdad muy clara: que «es intrínsecamente mala "toda acción que se proponga como fin o como medio hacer imposible la procreación"» (Catecismo 2370; cf. Humanæ vitæ 14). Por el contrario, muchos todavía pretenden que se siga buscando y buscando argumentos teológicos -conflicto de deberes, mal menor, primacía de la conciencia, ideal y gradualidad, etc.- hasta que pueda afirmarse finalmente con toda paz lo contrario de lo que la Iglesia ha enseñado y enseña con absoluta firmeza:

«Pablo VI -afirma Juan Pablo II-, calificando el hecho de la contracepción como "intrínsecamente ilícito", ha querido enseñar que la norma moral no admite excepciones: nunca una circunstancia personal o social ha podido, ni puede, ni podrá convertir un acto así en un acto de por sí ordenado» (12-XI-1988), es decir, moralmente lícito.

El «caso Washington»

Vengamos a un caso concreto, antes aludido, muy especialmente significativo. George Weigel, famoso por su biografía de Juan Pablo II, cuenta detalladamente cómo fue la crisis de la Humanæ vitæ en la archidiócesis de Washington, y concretamente en su Catholic University of America, donde, ya antes de publicarse la encíclica, se había centrado la impugnación del Magisterio (El coraje de ser católico, Planeta, Barcelona 2003,73-77).

«Tras varios avisos, el arzobispo local, el cardenal Patrick O´Boyle, sancionó a diecinueve sacerdotes. Las penas impuestas por el cardenal O´Boyle variaron de sacerdote a sacerdote, pero incluían la suspensión del ministerio en varios casos».

Los sacerdotes apelan a Roma, y la Congregación del Clero, en abril de 1971, recomienda «urgentemente» al arzobispo de Washington que levante las aludidas sanciones, sin exigir de los sancionados una previa retractación o adhesión pública a la doctrina católica enseñada por la encíclica. Esta decisión, inmediatamente aplicada, fue precedida de largas negociaciones entre el Cardenal O´Boyle y la Congregación romana.

«Según los recuerdos de algunos testigos presenciales, todos los implicados [en la negociación] entendían que Pablo VI quería que el "caso Washington" se zanjase sin retractación pública de los disidentes, pues el papa temía que insistir en ese punto llevara al cisma, a una fractura formal en la Iglesia de Washington, y quizá en todo Estados Unidos. El papa, evidentemente, estaba dispuesto a tolerar la disidencia sobre un tema respecto al que había hecho unas declaraciones solemnes y autorizadas, con la esperanza de que llegase el día en que, en una atmósfera cultural y eclesiástica más calmada, la verdadera enseñanza pudiera ser apreciada».

La disidencia tolerada

Casos como éste, y muchos otros análogos producidos sobre otros temas en la Iglesia Católica, enseñaron a los Obispos, a los Rectores de seminarios y de Facultades teológicas, así como a los Superiores religiosos, que en la nueva situación creada no era necesario aplicar las sanciones previstas en la ley canónica (Código de Derecho Canónico c.1371) a quienes en la docencia o en la predicación pastoral y catequética se opusieran a la enseñanza de la Iglesia.

Más aún, todos entendieron que era positivamente inconveniente defender del error al pueblo cristiano con estas sanciones, si ello podía traer escándalos o aunque solo fuere tensiones y conflictos en la convivencia eclesial.

También los profesores de teología, religiosos y laicos líderes aprendieron con estos acontecimientos que era posible impugnar públicamente temas graves de la doctrina católica sin que ello trajera ninguna consecuencia negativa. Se hacía posible, pues, enseñar, predicar y escribir contra la doctrina propuesta solemnemente por el Papa como doctrina de la Iglesia, sin que ello trajera sanción alguna.

La presunta licitud de la disidencia corrió por los ambientes universitarios y pastorales de la Iglesia como una buena nueva.

Conocimos, por ese tiempo, el caso de un moralista que al publicarse la encíclica Humanæ vitæ resolvió en conciencia abandonar la enseñanza que venía impartiendo en una Facultad de Teología. Pero poco más tarde decidió continuar en su docencia, al comprobar que estaba permitido disentir públicamente de la doctrina de la Iglesia.

La disidencia privilegiada

En pocos años la disidencia teológica, al menos dentro de ciertos límites, pasó de ser tolerada a ser privilegiada en bastantes medios eclesiales. Es la situación actualmente vigente en no pocas Iglesias del Occidente. En ellas es difícil que un teólogo sea prestigioso si no tiene algo o mucho de disidente respecto de «la doctrina oficial» de la Iglesia. El teólogo fiel a la doctrina y a la tradición de la Iglesia será generalmente estimado como adherente a una teología caduca, superada, meramente repetitiva, ininteligible para el hombre de hoy, creyente o incrédulo. Por el contrario, el haber tenido «conflictos con la Congregación de la Fe, el antiguo Santo Oficio», marcará en el curriculum de los autores un punto de excelencia.

El P. Häring (1912-1998), por citar el ejemplo de un disidente próspero, se jubiló como profesor de la Academia Alfonsiana en 1987. Todavía en 1989, exigía que la doctrina católica sobre la anticoncepción se pusiera a consulta en la Iglesia, pues acerca de la misma «se encuentran en los polos opuestos dos modelos de pensamiento fundamentalmente diversos» («Ecclesia» 1989, 440-443). Efectivamente, fundamentalmente diversos e irreconciliables.

Y aún tuvo ánimo para arremeter con todas sus fuerzas contra la encíclica Veritatis splendor (1993), especialmente en lo que ésta se refiere a la regulación de la natalidad: «no hay nada [...] que pueda hacer pensar que se ha dejado a Pedro la misión de instruir a sus hermanos a propósito de una norma absoluta que prohibe en todo caso cualquier tipo de contracepción» («The Tablet» 23-X-1993).

En la conmovedora página-web que la Academia Alfonsiana dedica a Bernard Häring como memorial honorífico, mientras se escucha el canon de Pachelbel, puede conocerse que a este profesor «le llovieron honores y premios» de todas partes, y que «es considerado por muchos como el mayor teólogo moralista católico del siglo XX».

Otro caso similar, de disidente próspero, es el de E. Schillebeeckx, que, después de ser amonestado por la Congregación de la Fe en varias ocasiones (1979, 1980, 1986), publica años más tarde una antología de sus errores en el libro Soy un teólogo feliz (Sociedad Educación Atenas, Madrid 1994).

La ortodoxia perseguida

Tiempos singulares en la historia de la Iglesia, en los que «teólogos» dura y largamente enfrentados con el Magisterio apostólico pueden ser considerados por muchos como los mejores.

Tiempos recios, en los que la fidelidad estricta a la doctrina católica puede llegar a ser una condición desfavorable o excluyente para enseñar en un Seminario o en una Facultad del Occidente ilustrado. Lo cual es lógico, por lo demás. Introducir en el ámbito predominantemente liberal y disidente de un Seminario o Facultad a un formador o a un profesor ortodoxo es admitir en él una bomba de relojería, pues es probable que cause graves problemas en cualquier momento.

«Tiempos recios», en la expresión de Santa Teresa. ¿Cómo está la Iglesia allí donde servir a la verdad católica y defenderla es sumamente arduo y peligroso, mientras que callar discretamente ante errores y abusos es condición para «guardar la propia vida» en la paz y la estima general? Un cierto grado de disidencia o al menos de respeto por las tesis de los disidentes es un pasaporte absolutamente exigido en muchos ambientes. Ante errores y abusos, a veces enormes, se responde con un silencio comprensivo y tácitamente anuente. En esa actitud tan frecuente, lo eclesial y académicamente correcto es no alarmarse por nada.

¿Cómo está la Iglesia allí donde un grupo de laicos que crea en la doctrina católica sobre Jesucristo, la Virgen, los ángeles, la Providencia, la anticoncepción, el Diablo, etc., y se atreva incluso a «defender» estas verdades agredidas por otros, sea marginado, perseguido y tenido por integrista?

Describir aquí, por ejemplo, el calvario inacabable que pasan ciertos grupos de laicos que pretenden difundir en sus diócesis, según la Iglesia lo quiere, los medios lícitos para regular la natalidad, excede nuestro ánimo. Se ven duramente resistidos, marginados, calumniados. Mientras otras obras, quizá mediocres y a veces malas, son potenciadas, ellos están desasistidos y aparentemente ignorados por quienes más tendrían que apoyarles.

En las Iglesias enfermas de disidencia liberal, por supuesto, sufren ese mismo calvario los Obispos, presbíteros, los religiosos y los laicos, fieles a la ortodoxia católica.

viernes, 17 de abril de 2015

Una carta a mi no tan querida ansiedad

Una carta a mi no tan querida ansiedad




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Ya es hora de que nos vayamos alejando, para poder vivir en paz.

No siempre bienvenida ansiedad:

Tengo muchas preguntas para ti, querido cerebro, ¿por qué me hiciste así?

Digo, no es que no pueda llevar una vida normal ni nada. Pero en más de una ocasión, cuando siento colapsar mi mente por pequeños detalles, mientras el resto del mundo está tranquilo, me he preguntado cuál es la razón de que hayas elegido justamente mi sistema, mi organismo, para alojarte.

Cuando menos lo espero en el día, siento esa especie de susurro que habla sobre preocupaciones, sobre estar alerta. Y más que mi mente de manera consciente, es mi cuerpo el que recibe estas alertas y ahí comienzan los círculos viciosos, y las reacciones que nunca sé cómo prevenir.

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Y esto no es agradable. Realmente no es algo grato no comprender cómo funciona todo tu ser. Mientras piensas que está todo en control, que has hecho las cosas bien y hasta te sientes alegre y relajada. Atacan esos pensamientos, de que debes estar atenta, de que quizás no has hecho todo de la manera correcta, de que habrán errores donde nadie más los verá. Y te altera, y es angustiante.

Es un juego mental cruel. Y es triste pensar que no puedes prevenir este tipo de cosas. Sé que más de una persona me entenderá. Soy una chica normal, con una vida como muchos: estudié, trabajo, salgo con mis amigos, disfruto con mi novio, tengo una familia con buena comunicación y valores. No se trata de ser poco capaz o torpe. Intento de a poco manejar estos sentimientos, que vienen de improviso y cambian la disposición de tu día. Es una labor ardua y que requiere de mucho control mental.

Como uno es, no siempre calzará con la ansiedad que sufres. Son situaciones muchas veces imaginadas y en gran parte, exageradas. Que tu pensamiento distorsiona para agrandar a su antojo, hasta que sientes "debo hacer algo sobre ello".

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Ansiedad, ¿por qué me elegiste a mí? Yo hago las cosas bien, me he sobrepuesto a los desafíos de la vida y he salido airosa. Quisiera saber la receta para que estas situaciones desaparecieran, pero es algo que tomará mucho tiempo. Y mucha disciplina. Es como entrenarse para una constante guerra. Y son las pequeñas batallas las que importa ganar.

Es incómodo no tener la manera de explicarlo racionalmente a otras personas, en especial a aquellos seres cercanos que se preocupan por ti y más de una vez te han visto mal. Te han visto distraerte un segundo y cómo caes en un espiral que no tiene ni pies ni cabeza. En una lucha personal en la que pides ayuda, pero no sabes por qué ni de qué manera. Y lo peor, es que al final, cuando logras mirar para atrás, comprendes todo y piensas "¿qué rayos me pasa?".

Es como si me hubiese perdido las clases de auto-control, o algún manual que entregaban en algún momento de la vida. Si es así, ¿puedo ir a buscarlo ahora? En serio, me sería muy útil.

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Ansiedad, tú vives en mí. Y tarde o temprano, descubriré cómo controlarte de la mejor manera. Sé que cada día es una pequeña prueba de superación, pero aún queda un largo camino de vivencias inesperadas que vendrán a mí y quiero estar preparada. Quiero poder mantener el equilibrio, y los pies sobre la tierra. Nada me debería poder dominar. Tú te encuentras en mi cerebro, quizás para siempre, pero sé que podemos bajar la intensidad.

No quiero más sorpresas. No quiero más dolores de cabeza, o cuello, ni más ataques de colon irritable, ni nada. Quiero tener la capacidad de convencerte a ti, ansiedad, de que yo estoy bien, estoy relajada, me siento feliz, y me ocupo de las cosas que debo hacer, sin exigir demasiado a mi mente ni a mi cuerpo. Y es más, no debería convencer a nada ni nadie, me siento así. Quiero vencer esta dualidad de pensamiento, porque soy una mujer en un mismo cuerpo. Quiero poder disfrutar la vida con tranquilidad, la tranquilidad que creo manejar día a día.

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Sé que desde pequeña he sido así, pues hoy soy consciente de ello. Pero no quiero más. Y en especial, es difícil desde que comparto mi vida más y más con otra persona. Tengo un novio que no comprende, pero está para mí cada vez que no le puedo explicar qué es lo que me pasa, o que me ayuda a bajar las revoluciones cuando ve que me estoy alterando de más, por algo que no vale tanto la pena. Que sabe que me tomaré a pecho las cosas, pero aún así bromea conmigo. Y me ayuda a practicar un diferente estilo de vida.

Porque mientras más crezco, ansiedad, más innecesaria me pareces. Gracias por ser parte de mí, porque me haces quien soy al fin y al cabo. Pero poco a poco, nos iremos alejando. Realmente espero eso.

Y es todo lo que tengo que decirte, por ahora.

Imágenes de We Heart It.


Tomado de :  http://www.upsocl.com/mujer/una-carta-a-mi-no-tan-querida-ansiedad/

martes, 31 de marzo de 2015

Un asunto para realizar discernimiento !



Las enseñanzas oficiales de la Iglesia Católica

no son verdades absolutas

Aidé Peralta*

"No tenemos manera de concebir la existencia humana sin cuerpos. Nuestros cuerpos somos nosotros mismos. Ellos son llamados al bien en todo lo que son y hacen, incluyendo el sexo." (1)




En este documento damos a conocer algunos elementos del proceso de formación de la enseñanza oficial de la Iglesia Católica en Ecuador y también las concepciones alternativas sobre sexualidad, reproducción, anticonceptivos y aborto, con lo cual pretendemos evidenciar que la prédica oficial de la Iglesia Católica sobre estos temas también es una construcción histórica susceptible de ser modificada, tanto es así que en su interior ya existen teólogos y teólogas que desde una nueva lectura bíblica presentan posiciones alternativas acordes al desarrollo de la vida en la sociedad actual.


Si bien no toda la población ecuatoriana es católica y no todas las personas bautizadas en esta iglesia son practicantes, es importante conocer la posición de la Iglesia Católica sobre estos temas ya que sus principios han influido en la vida de las personas a través de la historia.


El placer y la reproducción


La Iglesia Católica sostiene que la sexualidad y la reproducción no pueden separarse. Por tanto, el ejercicio de la sexualidad ha de tener como objetivo la procreación dentro del matrimonio, única institución donde es lícito tener vida sexual.


Estas enseñanzas han sido construidas por la iglesia desde los primeros siglos y se han mantenido hasta la actualidad, a pesar del progreso científico y del divorcio existente entre la prédica y la práctica de los católicos y católicas.


Algunos datos históricos (2)


En los primeros cuatro siglos del cristianismo la iglesia aceptó la idea negativa del placer sexual, lo bueno del alma y lo diabólico del cuerpo que mantenía cautiva el alma. La procreación y el nacimiento son sagrados, pero el deseo y la pasión son animalescos y pecaminosos. El matrimonio deja de ser sagrado para convertirse en un compromiso permitido entre el pecado y la virtud, mientras que el acto sexual era la forma de transmitir el pecado original de generación en generación.


Luego del Siglo IV, durante 1500 años la Iglesia Católica se dedicó a la perfección espiritual y consideraba la virginidad como el camino superior que guía a la santidad de las personas. "Se entiende así que alcanzarán la santidad en un 100% las mujeres vírgenes, las viudas lo serán en un 60% y las casadas en un 30%" (3).


Por su parte la ley natural estaría inmersa en la Creación de Dios, escrita en los corazones y sería observada a través de la razón. En el campo de la sexualidad se entiende que el coito permite la procreación y este es el fin último de las relaciones sexuales.


Tener relaciones sexuales fuera del matrimonio es pecaminoso tanto como tener relaciones dentro del matrimonio evitando la concepción.


La iglesia dictó algunas reglas para ayudar a las parejas a vivir una sexualidad virtuosa:



a) Prohíbe el sexo marital 3 días antes del sacramento, durante el embarazo, la menstruación, la crianza de los niños, después de la menopausia, en cuaresma, adviento, domingos y días de fiesta.


b) No es permitido el juego sexual antes de la cópula porque causa placer.


c) El coito no puede darse en otra posición que no fuera cara a cara con el hombre encima.


Quienes infringían estas reglas eran sancionadas con penitencias de 20 a 40 días a pan y agua, se decía que los hijos concebidos en los días prohibidos nacerían poseídos del demonio (4).


Las mujeres debían incumplir estas normas para evitar la infidelidad y estaban obligadas a mantener relaciones sexuales aún durante el puerperio. A diferencia de ellas, los hombres habían sido facultados por la iglesia a reprimir con ayunos y golpes a las mujeres que demanden sexo en los días prohibidos.


La sexualidad y la reproducción en la actualidad (5)


Las enseñanzas de la Iglesia Católica han llegado hasta nuestros tiempos, con discretas modificaciones. En el documento "Sexualidad Humana. Verdad y Significado. Guía para la educación en la Familia." Emitido por el Concejo Pontificado en 1995, el Vaticano ofrece una guía de educación sexual para los padres; entre las enseñanzas se encuentran las siguientes;



a) La sexualidad y la reproducción no pueden separarse. Se comete un acto inmoral al acudir a la anticoncepción artificial y la concepción asistida.


b) Los padres deben alegrarse y guiar a sus hijos cuando expresen signos del llamado de Dios a la "más alta vocación"(vida religiosa o sacerdotal) (6)


c) Los adolescentes se deben educar con principios morales como la indisolubilidad del matrimonio. Es inmoral tener relaciones antes o fuera del matrimonio, la contraconcepción, el aborto y la masturbación, esta última constituye un grave e ilícito desorden que da cuenta de una visión egoísta de la sexualidad.


d) La homosexualidad puede ser innata, contraria a la Ley Natural y puede ser resuelta con terapia. "Están llamadas a la castidad".


e) La educación sexual debe ser dada por los padres, quienes tienen el derecho de rechazar y hasta separarse de la educación secularizada y antinatalista que ponga a Dios al margen de la vida. Se han de oponer a la enseñanza sobre sexo seguro que difunda el uso del condón para evitar el SIDA ya que de este mal se protegen las personas con la continencia fuera del matrimonio y la fidelidad dentro del matrimonio


¿Es posible ser católico, vivir la sexualidad y decidir el momento adecuado para ser padre o madre?


El placer también fue creado y querido por Dios


Hombres o mujeres fuimos creados a imagen y semejanza de Dios. Hemos sido dotados de un cuerpo que entre los múltiples placeres produce placer sexual, el mismo que siendo obra del creador no puede ser calificado de malo o pecaminoso. Si Dios hubiese considerado que el placer es malo y en particular el placer sexual, no permitiría que nuestros cuerpos generen placer y menos placer sexual. El mismo Jesucristo hijo de Dios disfrutó y gozó de los placeres inherentes al ser humano, por tanto, el placer así como todas las realidades humanas son intrínsecamente buenas.


Fuentes bíblicas


En cuanto a la "vinculación de la procreación con el ejercicio de la genitalidad no se encuentra en las fuentes bíblicas ningún postulado explícito (7)" que haga pensar que es ilícito el ejercicio de la sexualidad sin fines de reproducción humana. Por el contrario "San Pablo propone el ejercicio de la sexualidad como necesidad de satisfacción mutua de los cónyuges (8)." Si nos remitimos al Cantar de los Cantares encontramos un desborde de sensualidad. Lo cual nos lleva a concluir que es lícito el ejercicio de la sexualidad sin fines de procreación.


Siguiendo estas reflexiones hemos de concluir que los católicos y católicas pueden vivir su sexualidad sin fines de procreación y vivir una maternidad o paternidad responsable, sin necesidad de renunciar a la iglesia.


Se prohíbe el uso de anticonceptivos artificiales


Los anticonceptivos, constituyeron una revolución en la vida de las personas, pero particularmente en la vida de las mujeres, quienes descubrieron que gracias a éstos pueden controlar su fertilidad. A partir de su descubrimiento la humanidad ha podido concebir la sexualidad y la reproducción por separado, la sexualidad puede ser vivida con placer y ha permitido que mujeres y hombres decidan el momento oportuno para ser madres o padres.


Posición de la Iglesia Católica frente a los anticonceptivos (9)


Los anticonceptivos generaron un nuevo estado de cosas frente al cual la iglesia reaccionó reafirmándose en su doctrina construida varios siglos atrás y dispuso que el acto sexual debe estar siempre abierto a la procreación, por tanto es ilícito regular los nacimientos. Posteriormente condenó la esterilización y la anticoncepción artificial y permitió la anticoncepción natural (método del ritmo). La iglesia ha llegado a esta convicción luego de un largo proceso que se describe a continuación.



a) Se condena el uso de los anticonceptivos:


Durante le S. XX el Papa Pío XI en la encíclica Casti Connubbi afirma:" Cualquier uso del matrimonio en el que maliciosamente quede el acto destituido de su propia y natural virtud procreativa va contra la ley de Dios y contra la ley natural y los que tal cometen se hacen culpables de un grave delito" (10)



b) Se permite la anticoncepción natural:


En 1964 El Papa Paulo VI en la encíclica Humano Vitae reafirma la ley natural, condena los métodos anticonceptivos artificiales y permite el uso de métodos naturales como el método del ritmo y reafirma que la procreación es el primer objetivo del matrimonio y las relaciones sexuales.



c) Aparece el concepto de maternidad y paternidad responsable:


El Concilio Vaticano II introduce la noción de paternidad y maternidad responsable y aunque suprime la repulsión por el sexo, ya que coloca al matrimonio en el plano de la intimidad y al acto sexual como expresión de amor, continua sosteniendo que la procreación es el fin de las relaciones sexuales.




d) La anticoncepción natural se corresponde con la Ley Natural:


El Papa Juan Pablo II en el Sínodo de la familia ha dicho que los cónyuges se sirven de los ritmos naturales porque con ellos Dios, autor de la naturaleza, determina que en ese momento no haya lugar a una nueva vida.


Paternidad y maternidad responsables.


La procreación es el acto más sublime de la creación porque permite que hombres y mujeres participen del poder creador de Dios.


El Concilio Vaticano II y la Constitución Pastoral Gozo y Esperanza le da al matrimonio carácter de intimidad, aborda la falta de descendencia como un hecho posible de suceder pero que en ningún momento se convierte en una causa para disolver el matrimonio.



"El matrimonio y el amor conyugal están dotados por su propia naturaleza a la procreación...en el deber de transmitir la vida humana, ...los esposos cristianos con responsabilidad humana y cristiana cumplirán su misión...atendiendo su propio bien personal como el bien de los hijos, ya nacidos o todavía por venir, discerniendo las circunstancias de los tiempos y el estado de vida ...los esposos cristianos deben regirse por la conciencia, la cual ha de ajustarse a la ley divina... cumpliendo con responsabilidad su misión procreadora... aunque la descendencia falte, sigue en pie el matrimonio como intimidad y comunión total de vida y conserva su valor e indisolubilidad. (11)


Así, se convoca a los esposos cristianos a cumplir su misión creadora con responsabilidad y de esta manera se introduce la noción de maternidad y paternidad responsable, para lo cual deberán considerar aspectos que garanticen el bienestar personal y de la pareja, de los hijos nacidos o por venir, de la familia, de la comunidad y de la iglesia. Criterios que no son posibles de observarse si no se cuenta con la información adecuada y con los medios necesarios para ello.


Guiarse por la conciencia


A decir de varias teólogas, todos los documentos emitidos por el Vaticano no exigen una adhesión absoluta y su observancia está sujeta a lo que la conciencia y el discernimiento determine.



Los obispos belgas afirman que: "..La última regla práctica es dictada por la conciencia debidamente esclarecida siguiendo el conjunto de criterios que se exponen en Gaudium Et Spes (n.50, &2, n.51, &3), es que el juicio sobre la oportunidad de una nueva transmisión de la vida pertenece, en última instancia a los esposos, quienes deben decidir sobre la cuestión, en la presencia de Dios" (12)


"Es doctrina común de los teólogos morales de la Iglesia Católica, que en caso de conflicto de la conciencia personal con proposiciones no infalibles del Magisterio, el cristianismo tiene la obligación de seguir su propia conciencia y tiene pleno derecho a disentir del mismo, si sus motivos para ello son suficientemente ponderados. (13)


Por tanto hombres y mujeres católicas podemos disentir de las enseñanzas de la Iglesia Católica, si nuestra conciencia así lo determina, sin que eso signifique ser pecadores o inmorales.


El aborto


El aborto durante los primeros siglos del cristianismo era considerado como una consecuencia del adulterio, las mujeres eran censuradas porque con este acto negaban la misión procreadora y habrían tenido relaciones sexuales por placer.


El aborto rompía la naturaleza del acto marital entre la sexualidad y la reproducción, pero en ningún momento lo concebían como un homicidio pues "...de acuerdo con la ley no existe una alma viva en un cuerpo porque todavía no se forma la carne y no está dotada de sentidos" (14)


Los teólogos consideraban que el feto pasa a ser persona 40 días después de la concepción en los hombres y 80 días después en las mujeres. Teoría conocida con el nombre de homonización tardía. Pensaban también que la persona es la unión del cuerpo y el alma y que el alma no podía unirse al cuerpo cuando este no se había formado. Santo Tomás de Aquino afirmó que habría aborto pecaminoso solo cuando el feto estuviera totalmente formado.(15)


A pesar de las discusiones teológicas no acabadas, en el Siglo XIX el Papa Pío IX, declara que el aborto es pecado y un homicidio en cualquier situación y en cualquier momento ya que "desde el momento en que el óvulo es fecundado por el espermatozoide existe una nueva persona humana" (16). Desde entonces no ha cambiado la posición de la iglesia sobre este tema.


¿Desde cuándo existe la persona humana en el proceso vital de desarrollo embrionario?


Para determinar cuando existe la persona humana durante el proceso de desarrollo embrionario hace falta el concurso de varias ciencias, como la biología, el derecho psicología, entre otras. Todas tienen una posición diferente sobre el tema. Lo que demuestra que las ciencias no han alcanzado la certeza. Por tanto, cuando la doctrina de la iglesia sostiene que la vida de la persona humana empieza con la fecundación reemplaza a las ciencias y da respuesta a una pregunta que estas no se han atrevido a responder.


Autonomía de las ciencias


Ante la situación expuesta en torno al aborto, es importante recordar que el Concilio Vaticano II en la Constitución Gaudium et Spes declaró la autonomía de las ciencias de tal manera que las verdades científicas solo pueden provenir de ellas y no de las instancias religiosas (17):



Si por autonomía de la realidad se quiere decir que las cosas creadas y la sociedad misma goza de propias leyes y valores, que el hombre ha de descubrir, emplear y ordenar poco a poco, es absolutamente legítima esta exigencia de autonomía. No es solo que la reclamen imperiosamente los hombres de nuestro tiempo. Es que además responde a la voluntad del Creador. Pues, por la propia naturaleza de la creación, todas las cosas están dotadas de consistencia, verdad y bondad propias y de un propio orden regulado, que el hombre debe respetar con el reconocimiento de la metodología particular de cada ciencia o arte (GS 36) (18)


Cuando la iglesia condenó el aborto la ciencia no había determinado el momento en que inicia la vida de una nueva persona humana, cuestión en la que las distintas ramas de las ciencias no han llegado a un consenso. Por tanto, existiendo el compromiso de respetar el conocimiento científico, la Iglesia Católica no puede imponer sus dogmas ni reemplazar a la ciencia, porque eso significa desacatar sus propios mandatos.


Más allá de la prédica oficial de la Iglesia Católica hay una realidad. Las mujeres abortan y mueren a causa de embarazos no deseados, lo que exige respuestas prácticas y humanas a fin de garantizar la vida de las ya nacidas.


Lo ideal es que las mujeres no tengamos que enfrentarnos a embarazos no deseados que nos obliguen a tomar una decisión tan drástica como el aborto. Sin embargo, para que ello no ocurra es necesario que contemos con las condiciones adecuadas para poder decidir el momento oportuno en el que queremos embarazarnos. La imposibilidad de decidir obliga a las mujeres a tomar estas decisiones. Si queremos que eso no suceda, se debe garantizar a las mujeres el derecho a decidir.


Algunas reflexiones finales


Las enseñanzas oficiales de la Iglesia Católica no son verdades irrefutables, son una construcción histórica susceptible de cambiar. Tanto es así, que frente a temas tan "delicados" como la sexualidad, la reproducción, los anticonceptivos y el aborto al interior de la propia iglesia se ha forjado un proceso de desconstrucción de sus enseñanzas oficiales para traernos un entendimiento alternativo, acorde a la realidad.


Todos las personas hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, tenemos un cuerpo sexuado con capacidad de producir múltiples placeres, entre ellos el placer sexual. Por tanto, el placer sexual no es malo y no es pecado, tanto es así que dentro de la Biblia no existe disposición alguna donde se establezca que la sexualidad tiene como único fin la procreación.


Hemos sido creados libres, con voluntad y conciencia, con capacidad para leer la ley de Dios escrita en nuestros corazones, por tanto la conciencia es la regla última que nos permite tomar decisiones sobre nuestra sexualidad y reproducción. Siendo así, hemos de seguir los dictados de la conciencia, no estamos obligados a seguir las enseñanzas oficiales y podemos disentir de estas.


Si la ciencia afirma que los anticonceptivos artificiales no son abortivos, que permiten vivir la sexualidad con placer sin procreación y que gracias a ellos podemos elegir el momento oportuno para ser madres o padres; la Iglesia Católica no puede sostener lo contrario, porque eso significaría desobedecer sus propios mandatos.


Mientras la Iglesia Católica continua censurando el cuerpo y condenando los anticonceptivos, hombres y mujeres, católicos y católicas de todo el mundo y de manera particular de Ecuador, buscan controlar su fecundidad, prevenir enfermedades de transmisión sexual como el VIH/SIDA y otras afecciones.



Bibliografía


GUDORF Christine, "Ética Sexual Feminista" CESEP. Brasil 1996.


MUNERA, Alberto. ""Sexualidad, reproducción, anticoncepción y aborto. Montevideo. 1993.


Pontificio Consejo Para la Familia. "Sexualidad Humana. Verdad y Significado. Orientaciones Educativas en Familia." Vaticano. 1995.


Sexualidad, Reproducción, Anticoncepción, y Aborto." Montevideo.1993

Sexual Feminista" CESEP. Brasil 1996.


SOAREZ, Regina. "Algunas Concepciones Sobre la Cuestión del Aborto" tomado de la página web; www.católicas.org. en octubre del 2000.


VARIOS, Autores, "El Gran Libro de la Sexualidad" . Diario el Hoy e INNFA, Quito, 1997.



Notas

1. GUDORF Christine. "Ética Sexual Feminista" CESEP. Brasil 1996


2.Ídem


3.Ídem. Pág. 3.


4.En: Ob. Cit. CESEP. 1996.


5.Pontificio Consejo Para la Familia. "Sexualidad Humana. Verdad y Significado. Guía para la educación en la Familia." Vaticano. 1995


6.Esta afirmación se relaciona con la convicción de que la virginidad o celibato son el camino superior que guía que a la santidad, convicción surgida en los primeros siglos del cristianismo


7.Alberto Múnera D. S.J. "Sexualidad, reproducción, anticoncepción y aborto. Montevideo. 1993. Pág.8


8.Ídem. Pág.9


9.VARIOS AUTORES. "El Gran Libro de la Sexualidad". Fascículo 12. Salud reproductiva. Diario HOY e INNFA 1997. Pág. 15.


10.Ídem.


11.En: MUNERA Alberto. "Concepciones Alternativas Sobre Sexualidad, Reproducción, Anticoncepción, y Aborto." Montevideo.1993.


12.Ob. Cit. SOAREZ. Web. 2000.


13.MUNERA Alberto. "Concepciones Alternativas Sobre Sexualidad, Reproducción, Anticoncepción, y Aborto." Montevideo.1993.Pág.12.


14.SOAREZ Regina. "Algunas Concepciones Sobre la Cuestión del Aborto" tomado de la página web; www.católicas.org. en octubre del 2000.


15.Ídem.


16.Alberto Múnera D. S.J. "Sexualidad, reproducción, anticoncepción y aborto. Montevideo. 1993. Pg.10.


17.Alberto Múnera D. S.J. "Sexualidad, reproducción, anticoncepción y aborto. Montevideo. 1993. Pág.


18.Concilio Vaticano II. Constitución Gaudium et Spes.


* Aidé Peralta: Es abogada de derechos humanos, especializada en derechos administrativo, su tesis doctoral fue sobre Derechos Sexuales y Reproductivos, situación jurídica y social en Ecuador, ha elaborado 8 módulos de educación para jóvenes con temas de Género, participación y facilitación en la comunidad educativa. Para el proyecto Juntos para Compartir

 

lunes, 9 de febrero de 2015

La patología del poder eclesial y el clericalismo



La patología del poder eclesial y el clericalismo

El Papa Francisco propone un cambio de paradigma para que la Iglesia no actúe de manera totalitaria y recupere la colegialidad

 December 21, 2013: Cardinals and bishops of the Roman Curia wait to exchange Christmas greetings with Pope Francis at the Clementina Hall in Vatican City


El complejo del elegido. Con estas palabras Francisco se refiere al origen de lo que él denomina "la patología del poder eclesial". Se trata de una actitud que nace en las casas de formación de clérigos y religiosos, se extiende por las parroquias y se fortalece con estilos de vida no acordes con la dimensión profética del ministerio eclesial.
 
Francisco critica, con frecuencia, a aquellos que entienden el llamado al sacerdocio o a la vida consagrada bajo una deformada teología de la "elección", según la cual Dios separa a una persona del mundo para otorgarle un grado superior respecto de los otros miembros de la Iglesia (Discurso a la curia, 22-12-2014).
 
Esta forma de comprender la vocación sacerdotal y religiosa no responde al seguimiento de Jesús. De aquí deriva una estructura eclesial paralizada que no ha sabido discernir ni responder a los signos de los tiempos.
 
Queda, pues, una institucionalidad reducida a un "círculo cerrado donde la pertenencia al grupo clerical es más importante que el cuerpo eclesial mismo en su conjunto, creando así una grave separación entre laicado y sacerdocio ministerial" (Discurso, 22-12-2014).
 
"La elección" es un servicio y una responsabilidad que debe ser ejercida colegialmente. Su fundamento está en el bautismo de todos por igual, como recuerda Francisco al entender su propio ministerio petrino desde el Documento de Ravena (n.7, 13-10-2007).
 
La elección no es un privilegio ni una separación y menos aún el ejercicio de una tiranía pastoral o administrativa. Si esto no se entiende bien, deriva en el llamado "clericalismo".
 
Ante ello, el Papa ha invitado a obispos y superiores religiosos a revisar las estructuras de formación y a quienes participan de las instancias de decisión.
 
El clericalismo es una deformación del poder eclesiástico que produce una "esquizofrenia existencial", o pérdida del contacto con la realidad. Crea la ilusión de un mundo paralelo donde no existen necesidades reales ni problemas graves, sino seguridades y privilegios.
 
Es un estilo de vida que favorece la "mediocridad ministerial" y las "relaciones interesadas", y convierte a los religiosos "en una caricatura en la cual se actúa un seguimiento sin renuncia, una oración sin encuentro, una vida fraterna sin comunión, una obediencia sin confianza y una caridad sin trascendencia" (Homilía, 2-2-2015).
 
Se aprecia en sacerdotes y religiosos que ostentan cargos para los cuales no están preparados; o asumen funciones con apatía, por obligación, sin voluntad creativa para actualizar las estructuras eclesiales.
 
También se encuentra en la poca trascendencia de las homilías. Quien vive así, dice el Papa, padece de una "petrificación mental" que termina perjudicando a la propia institución en la que trabajan, desde parroquias y colegios, hasta seminarios y universidades.
 
El pontificado de Francisco será recordado por su continuo discernimiento y autocrítica. Quiere rescatar el modo colegial "como se gobernaba en los primeros siglos", donde cada miembro, y no sólo los obispos o los sacerdotes, tenían una responsabilidad importante en el ejercicio de la autoridad y la toma de decisiones.
 
Para lograr esto hay que superar "el clericalismo —ese deseo de señorear sobre los laicos—, que implica una separación errónea y destructiva del clero, una especie de narcisismo" (Entrevista de Antonio Spadaro al Papa Francisco, 27-9-2013).
 
Se trata de un cambio de paradigma para que la Iglesia no siga actuando monárquica y totalitariamente, en parroquias, proyectos educativos y acciones pastorales.
 
Que aprenda a tomar decisiones colegiales porque "muchos no encuentran espacio en sus Iglesias particulares para poder expresarse y actuar, a raíz de ese excesivo clericalismo que los mantiene al margen de las decisiones" (Evangelii Gaudium, 102).
 
Francisco dijo: "Prefiero una Iglesia manchada por salir a la calle, antes que una enferma por el encierro y la comodidad" (EG 49).
 
En Venezuela quedan pendientes grandes tareas para superar el clericalismo. Construir una "Iglesia pobre para los pobres", cuya opción tiene "consecuencias en la vida de fe de todos" (EG 198). Y asumir de nuevo "la formación de laicos, profesionales e intelectuales" (EG 102) que incidan en la vida pública.
 
Por Rafael Luciani, doctor en Teología  rlteologiahoy@gmail.com  @rafluciani