jueves, 6 de septiembre de 2012

Una grieta en la fuerza de la gravedad

Una grieta en la fuerza de la gravedad

Numerosas han sido las personas que caen en la superstición por el rigor racional de no creer lo que no pueden ver, llegando a rayar a veces en lo ridículo.

04/09/12 8:51 PM 

Juan Antonio Ruiz

Juan Antonio Ruiz

Sacerdote, LC


Esperaba el abrazo de la muerte tumbado en la cama. A su lado sólo le franqueaban Catherine y John Conduit. Éstos le sugirieron, en un momento dado, llamar a un sacerdote y el moribundo, en lo que fue tal vez su acto más significativo antes de morir, dijo sólo una palabra: No. ¡Cuántas veces se repite esta escena sin que, por desgracia, nos impresione! Pero el hecho de que el moribundo no fuera otro que el gran físico inglés Isaac Newton, hace aflorar inmediatamente el estupor.

Muy consciente de ello era Richard S. Westfall al escribir su bien documentada biografía «Never at rest. A biography of Isaac Newton» («Sin descanso: una biografía de Isaac Newton») (Cambridge University Press, 1980). A través de sus líneas se puede tomar nota de esta personalidad única. Sin embargo, quisiera fijarme en un aspecto que pocos resaltan de Newton y que Westfall pone a la luz: la pérdida sistemática de sus raíces cristianas y la caída lógica e irreversible en la superstición, consecuencia inmediata de la pérdida de la fe.

Newton no era sólo matemático y físico. Tuvo numerosas incursiones en el campo de la filosofía y la teología. Para poner un ejemplo, baste mencionar una de sus tesis en la que comentaba que todas las religiones antiguas tenían su propia teología, que él llamaba «teología astronómica». En su obra Theologiae gentilis origines philosophicae («Los orígenes filosóficos de la teología de los gentiles»), Newton afirma lo siguiente: «No se puede creer, por otra parte, que la religión comience con la doctrina de la transmigración de las almas y con la adoración de los astros y de los elementos: existió, en efecto, otra religión más antigua que todas éstas, una religión en la que un fuego de sacrificio ardía perpetuamente en el interior de un lugar sagrado. El culto a la diosa Vesta fue el más antiguo de todos». Para probar esta afirmación, Newton comenta que cuando Moisés colocó en el tabernáculo un fuego perpetuo, restauró el culto originario «purgado de todas las supersticiones que habían sido introducidas anteriormente». Éste era el culto practicado por Noé y sus hijos, y Noé lo había aprendido de sus antepasados. Era el culto auténtico instituido por Dios. En otras palabras, lo que Newton está diciendo era que la verdadera religión era la pagana.

Pero Newton no llegó a esto de la noche a la mañana. Antes, había negado la Trinidad y la divinidad de Cristo. En uno de sus cuadernos de apuntes puso la voz De Trinitate («Sobre la Trinidad»), llenando nueve páginas enteras de comentarios. Mientras escribía, poco a poco se hizo camino en él la convicción de que la herencia de la Iglesia primitiva fue adulterada por un fraude gigantesco, comenzando en el siglo IV y V, con Atanasio y sus discípulos. En el centro de este fraude estaban las Escrituras, que Newton creyó que fueron alteradas para sostener el Trinitarismo. De esta manera, Newton se nos muestra como un auténtico arriano.

Negando la Trinidad, Newton rechaza también la divinidad de Cristo, que pasa a ser un profeta como Moisés, mandado entre los hombres para recordarles cuál era el estado originario y auténtico del culto a Dios, del que ya hemos hablado antes. De hecho, un título de uno de sus libros rezaba así: «Cuál era la verdadera religión de los hijos de Noé, antes que fuese corrompida por la adoración de falsos dioses. La religión cristiana no es más verdadera de aquélla, ni se ha corrompido menos». De esta manera puede concluirse que el trinitarismo, con su impulso a la adoración de santos y mártires, así como la adoración de Cristo como Dios, asumía para Newton un nuevo y definitivo resultado. ¿Qué era sino la última manifestación de una tendencia universal de la humanidad a la superstición y a la idolatría? Pero esta superstición que atribuía a los «trinitarios» tocaría las puertas de su corazón muy pronto, pues ya el alma se le agrietaba y rompía a pedazos.

En julio de 1672, apenas seis meses después de que la Royal Society le hubiera descubierto como un extraordinario estudioso en el campo de la óptica, él le escribía al secretario de laRoyal Society llamado Oldenbourg diciéndole que muy difícilmente podría seguir con otros experimentos con el telescopio, «pues deseo continuar con otros argumentos». Era tal la obsesión, que obligó a Newton incluso a interrumpir un tratado general sobre los colores, pues aquellos argumentos, según el físico inglés, «absorben actualmente todo mi tiempo y todos mis pensamientos». ¿De qué se trataba? No era otra cosa que la alquimia. Lo raro en Newton era que, en vez de empezar a estudiar la alquimia y terminar llegando a un estudio serio de la química, fue totalmente lo contrario: empezó a estudiar la química y terminó en la superstición absoluta de la alquimia.


Diseño de la piedra filosofal diseñada por Newton

(aparecido en Never at Rest. A biography of Isaac Newton; Westfall, Richard, por cortesía de la Babson College Library).

Algunas de las afirmaciones del Newton alquimista nos dejan estupefactos: la piedra está compuesta de cuerpo, alma y espíritu, según la tesis del alquimista Effarius el Mónaco; los metales vienen generados y corrompidos en las vísceras de la Tierra; el magnesio (también llamado Icono verde, promoteo o camaleonte) es andrógino y de tierra virgen y verdeante, en la que el sol no ha hecho penetrar jamás sus rayos, aunque es su padre y la luna su madre.

Al morir, se descubrió que su biblioteca estaba repleta de libros de alquimia, como elTheatrum chemicum, muchos documentos alquímicos que recibía y copiaba de su puño y letra, entre los que se pueden leer Regimen per ascensum in Caelum & descensum in terram(«Dirección para un ascenso al cielo y un descenso a la tierra»), Conjunctio et liquefactio(«Unión y fundición»), Multiplicatio («multiplicación»); en total el diez por ciento de todos sus libros.

Él lo resumió así: «la alquimia no tiene nada que ver con los metales, como piensa el vulgo ignorante… Esta filosofía no es de aquellos que tienden a la vanidad y al engaño, sino a la ventaja y edificación, pues procura, en primer lugar, el conocimiento de Dios y, en segundo lugar, el modo de encontrar la medicina en las creaturas. Su fin, por lo tanto, es el de glorificar a Dios en sus maravillosas creaturas y de enseñar al hombre a vivir bien, como un ser caritativo, ayudando al prójimo». Pero ya vimos qué dios glorifica y cómo Newton no tenía tiempo para otra cosa que para sus experimentos. De esta forma, aquel joven cristiano y fervoroso que era, pasó sus últimos años viviendo en la superstición de la alquimia. No resulta pues extraño que le haya dicho «no» al sacramento de la penitencia.

Newton, sin embargo, no es más que un triste botón de muestra. Numerosas han sido las personas que caen en la superstición por el rigor racional de no creer lo que no pueden ver, llegando a rayar a veces en lo ridículo. Afloran nombres como Toland, pensador inglés posterior a Newton, que tras burlarse del cristianismo y todo tipo de religión, funda la Sociedad Druídica, que hoy aún existe; como Bodin, religioso que abandonó el convento y que, tras varias incursiones filosóficas, acabó creyendo en la Astrología como solución de su vida.

Al cortar las bases de toda vida de contacto con Dios, poco a poco el hombre busca algo que llene el hueco dejado aparte. En Newton fue la alquimia; en Toland, los druidas... Ojalá el hombre actual no agriete más su alma.

 

P. Juan Antonio Ruiz, L.C.

Tomado de  http://infocatolica.com/?t=opinion&cod=12654  

lunes, 3 de septiembre de 2012

Matrimonios estables

Matrimonios estables

Por:  | | 7:51 p.m. | 01 de Septiembre del 2012

Alfonso Llano Escobar, S. J.

Les voy a dar la fórmula infalible: trabajar juntos desde el día de la boda por crecer en el verdadero amor.


¿Qué hacer para que duren los matrimonios?

Ya vimos dos causas de fracaso matrimonial: la inmadurez y el adulterio. Hoy vamos a preguntarnos: ¿qué hacer para que no fracasen?

Les voy a dar la fórmula infalible: trabajar juntos desde el día de la boda por crecer en el verdadero amor. Y, ¿cómo crecer en el verdadero amor?

Les indico las siguientes características del verdadero amor, según san Pablo, que deben proponerse como pautas, de las cuales debieran hacer cada semana o, al menos, cada mes una revisión:

1. El verdadero amor es bondadoso, vale decir, inclinado a la bondad, a la amabilidad: sonreír, ser cortés, no cuesta nada. Hace las veces del florero en la sala: adorna el amor. La bondad embellece a la persona, la hace agradable.

2. El verdadero amor no es envidioso. La envidia es señal de inmadurez. Quien ama de veras no le da cabida a la envidia en su corazón. La envidia es un pesar del bien ajeno: sentirse mal porque no tengo las cualidades del otro; así piensa el envidioso porque no ha entendido que en el matrimonio todo lo que posee cada uno es común. Si tuviera verdadero amor se alegraría con el bien del cónyuge: todo queda en casa.

3. La paciencia, nacida del verdadero amor, tolera las molestias y defectos, propios y ajenos. No hace problema de pequeñeces, de tonterías. Pasar por alto estas deficiencias es señal de fortaleza y de calidad de espíritu.

4. El verdadero amor no es jactancioso. Jactarse, en lenguaje coloquial, es dárselas, creerse más que el otro. ¡Qué mal gusto! Dárselas implica crear diferencias, distancias, huecos en la vía del amor, que se convertirán en troneras y en obstáculos que impiden avanzar.

5. El verdadero amor no es orgulloso, porque el orgullo es arrogancia, significa exceso de la propia estimación, lo cual no cuadra con el matrimonio: lo desajusta, lo hace antipático, repugnante. Más valen la sencillez, la igualdad, la mutua estimación.

6. El amor verdadero no busca su propio interés. Este defecto nace del egoísmo. El egoísta busca para sí la mejor parte en todo: en la comida, en el vestido, en asiento, en dinero. Es ventajoso, sin atender al gusto y bienestar del otro.

7. El verdadero amor no se irrita, o, al menos, refrena la irritación, no la desahoga. La irritación o, peor aún, la rabia, daña el equilibrio de la relación de pareja y se presta a groserías.

8. El verdadero amor es decoroso, vale decir, es decente, no es grosero. Cuando empiezan las expresiones vulgares, algo anda mal. ¡Mucho ojo!

Una palabra vulgar y ofensiva, dicha con rabia, puede causar en el otro una herida honda e imborrable. Por favor: ¡guarden el estilo en la conversación! Apliquen el bello dicho: "¡No herirse ni con el pétalo de una flor!".

9. El verdadero amor sabe perdonar: es quizás la cualidad más difícil y necesaria del amor: quien perdona de veras ha llegado a la perfección del amor. El que no perdona sufre más que la otra parte.

10. El verdadero amor no lleva cuentas del mal. No decir: "Es la segunda vez que me niegas el saludo o, es la tercera que rehúsas hacer el amor". No y no. No llevar cuentas de las faltas, porque es de nunca acabar, fuera de ser señal de que el perdón no fue sincero. En el matrimonio debe prevalecer aquello de: "borrón y cuenta nueva". Todos los días hay que estrenar amor.

11. El verdadero amor es sincero, nunca recurre a la mentira. El mentiroso crea la inseguridad en la relación; ya no es fácil fiarse el uno del otro. Muy grave síntoma: por aquí se resquebraja el amor, como las losas del TransMilenio: necesitan urgente reparación.

12. Y viene la cualidad principal: el verdadero amor es fiel: no anda mirando al predio del vecino, porque acaba por pasarse a él. Deben hacer el propósito de Job: "Hice pacto con mis ojos de no pensar en mujer".

Alfonso Llano Escobar, S. J. 
cenalbe@javeriana.edu.co

Tomado de  http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/alfonsollanoescobar/matrimonios-estables-alfonso-llano-escobar-s-j-columnista-el-tiempo_12186071-4