martes, 29 de septiembre de 2009

Después de la tempestad... Un alto en el camino - Alfonso Llano Escobar, S. J.

Octubre 12 de 2007

Después de la tempestad...

Seguiré en la Compañía de Jesús, en la Iglesia y en sumisión a Jesucristo.

Mis amigos me preguntan con frecuencia: "¿Cómo está? ¿Cómo van las cosas? ¿Sí va a salir el libro?". No faltaron unos exaltados que me importunaron diciendo: "Rebélese"; "Sálgase de la Compañía"; "Para qué sigue en esa Iglesia que así lo trata"; "Le ofrezco asilo en mi casa". Y bellezas por el estilo, frases de una amistad generosa, pero mal entendida. Juzgo oportuno darles alguna información y hacer un somero balance de los resultados.

Empiezo reconociendo que mi artículo de marras fue duro, pero necesario. Dije la verdad, una verdad cruda, reacción impetuosa a una carta del superior, también dura, quien hubiera evitado la 'erupción del volcán' si recurre al diálogo, como lo viene haciendo recientemente. Pasada la tormenta, creo que no todo fue vendaval y desolación; también se dieron resultados positivos. Resumo algunos: lo oculto se hizo manifiesto y convenía; aprendimos la ventaja del diálogo sobre las cartas; se dieron espacios suficientes para conocer con calma las razones de los superiores; se dio un buen paso hacia la toma de conciencia de la libertad y del reconocimiento de los derechos de los súbditos, entre otros. Es otra de las verdades que van haciendo camino: no solo los superiores cuentan con derechos. También los súbditos somos ciudadanos.

¿Cuáles son las razones de los superiores para diferir la publicación del libro? Que está próximo el Capítulo General de la Orden, que se reunirá en Roma en enero, para elegir un nuevo Superior General y tratar asuntos importantes de la Comunidad; y que, por lo tanto, no conviene producir hechos que vayan a crear tensión entre los jesuitas y la Santa Sede. Y uno podría ser este libro. Vaya usted a ver. Traté de entrar en la lógica de los superiores y acepté; llamé al editor y le pedí suspender la impresión del libro; entendió y también acató respetuoso. Es posible que algunos amigos no estén bien iniciados en las cosas de Dios. Les ruego olvidar y seguir adelante.

Apareció algo de fondo que se dejó ver en la tormenta y que quiero aclarar. Hablo de un cambio que se viene dando hace un par de siglos conocido como la democratización de la sociedad, proceso que empezó con la Declaración de los Derechos del Hombre y el lema "Libertad, Fraternidad, Igualdad". Desde entonces se vienen haciendo declaraciones de derechos y de toma de conciencia de la dignidad de la persona humana y de su sensata autonomía, reconocida por el Concilio Vaticano II GS 36. La Constitución del 91 consagró la tutela, que ha servido a millones de colombianos para sentirse ciudadanos libres y adultos. Pero un hecho bastante ignorado es que tales derechos no han sido reconocidos aún a religiosos, religiosas y sacerdotes. Seguimos siendo tratados como menores, sin derechos que nos igualen a los demás. ¿Será que somos ciudadanos de segundo orden?Nuestra vida y acciones se rigen por el Derecho Canónico, no por el Civil ni por la Constitución. ¡A dónde se puede llegar con estos criterios! Ya es hora de despertar y exigir que nuestra vida se rija también por la Constitución y el Derecho Civil. Que se nos trate por el fuero ordinario, como a cualquier ciudadano, no como a menores de edad, dizque protegidos por un Derecho que sólo favorece a las autoridades.

Aprovecho para aclarar el titular amarillista con el que apareció una entrevista que me hizo EL TIEMPO el 15 de septiembre: 'Jesucristo no resucitó. Fue exaltado'. El entrevistador -que debiera cambiar de oficio- no entendió que era asunto de palabras, no de fondo. El vocablo resurrección, seguido de ascensión, responde a un paradigma planetario ya obsoleto. Jesús, una vez muerto, pasó a Dios. Su cadáver, hablando con propiedad teológica, no salió del sepulcro ni subió al cielo. Ya Juan Pablo II aclaró que el cielo no está en las alturas.

Termino diciendo con satisfacción e inmensa gratitud: sigo y seguiré hasta mi muerte en la Compañía de Jesús, en la Iglesia Católica y en alegre sumisión a Jesucristo. Felizmente, después de la tempestad viene la calma. Laus Deo.

 

Alfonso Llano Escobar, S. J.



viernes, 4 de septiembre de 2009

El valor del cuidado de sí - Nota de eltiempo.com


UNA CONDICIÓN PARA EL CUIDADO DE OTROS
El valor del cuidado de sí
Ese misterioso conversar con el cuerpo, con el alma y con las señales que emiten demanda tiempo.   http://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-3768970


 

UNA CONDICIÓN PARA EL CUIDADO DE OTROS

El valor del cuidado de sí

Florence Thomas. Columnista de EL TIEMPO.

Ese misterioso conversar con el cuerpo, con el alma y con las señales que emiten demanda tiempo.

El cuidado de los otros y de las otras ha sido secularmente un oficio asignado y asumido por mujeres tanto en tiempos de paz como -y con mayor énfasis- en tiempos de guerra. Ese oficio ligado al acontecer cotidiano es lo que la filosofía contemporánea ya reconoce como el germen de las hoy llamadas éticas del cuidado y que la economía y otros campos del saber interpretan como economías del cuidado.

Ese oficio silencioso que recorre los pasillos y cuartos de los hospitales, que acompaña los lugares de socialización de la infancia, que dispone diariamente la preparación de los alimentos calmando el hambre del mundo, que contribuye a la limpieza del planeta y no precisamente a la "limpieza social", es una apuesta permanente por la vida y constituye una reserva ética que se empieza a reconocer como patrimonio de la humanidad. Las mujeres lo han sabido demostrar, pues la mayoría de las iniciativas de paz en el mundo y muy particularmente en esta Colombia adolorida son lideradas por ellas.

Y aquí, desde las cuatro paredes de mi alcoba en las cuales trato de reencontrar el hilo algo perdido del diálogo con este cuerpo mío que me acaba de hacer una mala jugada, quiero recordarles a todas las mujeres ese primer deber del cuidado de sí mismas; a mis amigas activistas de derechos humanos, militantes políticas, distribuidoras incansables de servicios a la comunidad, a todas estas mujeres que conozco que tienen tres o más jornadas de trabajo, a esas de múltiples manos para tejer la vida y distribuir cuidados a diestra y siniestra, y a todos los hombres que se han rebelado contra las lógicas que sitúan el cuidado en un lugar secundario y que han asumido que el cuidado de sí mismos está también en sus manos.

El cuidado de sí, que tal vez podríamos definir como ese misterioso conversar con el cuerpo, con el alma y con las señales que emiten, demanda ese tiempo socialmente necesario no solo para el vivir con los ritmos impuestos por las lógicas contemporáneas del mercado sino para el existir. Cuidarse a sí mismos y a sí mismas connota una firme rebeldía contra esa cara oculta de los nuevos aparatos como el fax, el Internet, el celular y demás inventos similares que al convertirse en instrumentos de trabajo diario, prolongan indefinidamente la jornada laboral y terminan por devorar el sentido mismo de la existencia.

El cuidado de sí debería ser condición para el cuidado de los otros, de las otras y del mundo. Las acciones y decisiones que definen los rumbos de las instituciones, de las regiones y de las naciones deberían inspirarse y acompañarse siempre de prácticas de cuidado. La sostenibilidad de las propuestas de paz está en relación directa con sus aportes a la construcción del cuidado como un valor, es decir, como la dimensión práctica de la solidaridad.

Desde el lugar donde me encuentro, estoy buscando responder a este propósito: bajar el ritmo de trabajo, no volver a meterme en un avión a las seis de la mañana para regresar a Bogotá a las tres de la tarde y correr a una reunión a las cinco; aprender a decir no, cuando mi cuerpo, mucho más sabio que mi pasión por el trabajo, lo señale; almorzar con calma, mezclando las sensaciones del paladar con los sabores de una cálida conversación; encontrar el tiempo para caminar y alzar la mirada hacia el verde de las montañas que rodean esta ciudad contaminada.

Quiero aprovechar esta columna convaleciente para agradecer todas las manifestaciones de solidaridad recibidas durante estas tres semanas. Gracias a las centenares de amigas y de amigos que están ayudando a mi recuperación. Deseo expresarles que seguiré haciendo lo que sé hacer y amo hacer y aun cuando sea con algo menos de afán, será con el mismo entusiasmo que requiere la apuesta por otros mundos posibles.

* Coordinadora del grupo Mujer y Sociedad

Florence Thomas

¡Soy libre! UN ALTO EN EL CAMINO Alfonso Llano Escobar S.J.

http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/otroscolumnistas/ARTICULO-WEB-NOTA_INTERIOR-3801516.html

Noviembre 3 de 2007 - UN ALTO EN EL CAMINO

¡Soy libre!

Somos millares, somos millones los que nos inspiramos y fundamos en la libertad de Cristo.

Aquí quería llegar, como a la meta de mi larga y dichosa peregrinación en la fe católica, como fruto maduro de una siembra de trigo candeal, que estuvo dolorosamente oculto en la gleba de mi espíritu durante más de ochenta años, grano sembrado por la mano de Dios en el surco del Corazón de Cristo, que habita en mí desde niño y me hace partícipe de su victoria sobre las cadenas rotas y verdugos múltiples que quisieron silenciarlo. Pero no, me grita él, que es Verbo eterno de Dios, por boca de san Pablo: "La Palabra de Dios no está encadenada." (2 Tim 2,10) ¡Viva la libertad! que brota a borbotones de la fe en Cristo Jesús. SOY LIBRE.

"Soy libre, aún ante el verdugo", gritó el filósofo francés, y no le faltaba razón, tanta menos al cristiano. Ese verdugo que me traía atormentado, dragón de siete cabezas, era en primer término mi ego, que nunca ha cejado de atormentarme, como verdugo interior que se asoma a cada instante por la ventana de mi cuerpo. Y a pesar de torturarme a cada instante, no ha podido someterme a la esclavitud sexual. Dígase lo mismo del verdugo dinero, del verdugo licor, del verdugo amargura, depresión y tristeza. Me siento libre frente a tantos enemigos que han tratado de hundirme y no han podido. Me siento libre frente a todos mis verdugos. No han podido vencerme porque he confiado en Aquel que conquistó la libertad para sí y para quienes ponemos en él toda nuestra confianza.

Por este motivo, no me siento solo. Somos millares, somos millones los que nos inspiramos y fundamos en la libertad de Cristo, conquistada con su sangre, con la obediencia a la voluntad de su Padre. Soy libre, no rebelde ni desobediente. Al contrario, este grito de libertad brota de mi fe en Jesucristo y de mi obediencia al Espíritu del Padre.

Me confirman en esta libertad, fuera de mi fe en Jesucristo, el Art. 18 de la Constitución colombiana que reza: "Todo ciudadano posee el derecho a expresar libremente su pensamiento". Este derecho a la libertad de expresión es inalienable y anterior al voto de obediencia.

Pero hay algo más. Decreta el Concilio Vaticano II en su Documento Gaudium et Spes: "Debe reconocerse a los fieles la justa libertad de investigación, la libertad de pensar y expresar humilde y valerosamente su manera de ver en aquellas materias que son de su competencia". GS n 62.

Y en la Declaración sobre Libertad Religiosa, enseñan los padres conciliares: "Se injuria, por tanto, a la persona humana y al orden establecido por Dios para los hombres cuando se niega al hombre el libre ejercicio de su religión en la sociedad, siempre que se respete el justo orden público". DH n 3.

Juan Pablo II, siendo arzobispo de Cracovia (Polonia), enseñó: "La uniformidad en el pensar mata a la comunidad. Cualquier comunidad necesita oposición leal".

Y siendo Papa añadió: "Que no se ataque ni se haga callar a quien no comparte nuestras opiniones".

Queridos amigos católicos: siéntanse libres. No es cierto que para ser auténticamente libres haya que salirse de la Iglesia. Aquí es donde nace nuestra verdadera libertad y aquí es donde debemos ejercitarla. "Para ser libres nos libertó Cristo", les recuerda san Pablo a los gálatas (Gal 5,1). "No recaigan en la esclavitud: permanezcan libres".

Piensen y obren según su conciencia. Enseña magistralmente el actual Pontífice cuando aún no lo era, con mayor razón ahora: "Aun por encima del Papa, como expresión vinculante se halla la propia conciencia, a la que hay que obedecer ante todo, si fuere necesario, incluso en contra de lo que diga la autoridad eclesiástica".

Para confirmar lo anterior, recuerdo la respuesta de la Congregación para el Clero en el caso de Washington (1971), donde algunos sacerdotes que disentían en conciencia de la encíclica Humanae Vitae, fueron privados del ejercicio sacerdotal. Falló esta Congregación: "En el análisis final, la conciencia es inviolable, y el hombre no debe ser forzado a actuar de forma contraria a su conciencia, como lo afirma la tradición moral de la Iglesia".

Fundado en todos estos principios y valores, hoy puedo gritar: "SOY LIBRE".

¿Existe el infierno? UN ALTO EN EL CAMINO - Alfonso Llano Escobar, S. J.

 
 
UN ALTO EN EL CAMINO

¿Existe el infierno?

Alfonso Llano Escobar, S. J.

Más columnas de opinión

El hombre moderno, más allá de los sustos, quiere saber en qué puede terminar el drama de la existencia humana.

De veras, ¿existe el infierno? La duda acosa a creyentes y no creyentes. Sin querer queriendo, unos y otros prestan atención a lo que afirman los papas, lamentablemente apoyándose en las noticias superficiales y desorientadoras de los medios, que gustan de enfrentar a Benedicto XVI: "Sí existe el infierno. Hay cupos todavía", con Juan Pablo II: "No existe el infierno... como lugar en el espacio". Lo cierto es que no hay contradicción pontificia en algo tan esencial para todo ser humano: su destino final irrevocable. La oposición entre los papas sólo está en la mente de quienes gustan de atizar el fuego y levantar escándalo donde no hay lugar para ello.

La solución de la aparente contradicción es no dejarse desorientar por comentarios callejeros e ir al fondo de los textos oficiales. Juan Pablo II, inusitadamente avanzado, según el actual paradigma planetario, afirmó que el infierno sí existe pero no ocupa lugar en este orden cósmico, ya que es un estado interior de la persona más allá del presente, según la decisión que haya tomado en vida frente a Dios. En pocas palabras, declaró caducada la imaginería medieval en la que incurrió el mismo Dante en su Divina Comedia: no tuvo empacho el inspirado poeta en poner en lo más profundo del infierno a todos sus enemigos. Pero se cuidó de enseñar algo esencial: "Los que aquí entráis, perded toda esperanza". El hombre moderno, más frío y calculador, no se asusta por descripciones de tiempos medievales y quiere saber, más allá de los sustos, en qué terminará el drama de la vida humana.

Vengamos a Benedicto XVI. Al abrir la cuaresma de este año invita a católicos y no católicos a la conversión del corazón; dice a todos los seres humanos, con algo de imaginación, que siempre ayuda: "Sí hay infierno; todavía quedan cupos". El que estas frases anden de boca en boca de católicos y no católicos prueba que la imaginación nunca pierde actualidad y sirve para dar que hablar y pensar aun a los alejados de la fe: sí es posible la frustración eterna, evitémosla creyendo en Dios y sirviendo al prójimo.

Ya que el tema está sobre el tapete, trataré de aportar alguna aclaración sobre él. La verdad de fondo, que debe tener presente todo ser humano, por si acaso, es que la vida presente está amenazada por la posibilidad real de un fracaso eterno; ella reside en que el ser humano puede disponer libremente de sí mismo reconociendo a Dios y amando al prójimo, o puede rechazar libremente a Dios y causar daño al prójimo, y por ello, frustrarse definitivamente.

Shakespeare, frente a la duda de seguir viviendo o poner libre término a sus días ("To be or not to be, that is the question", Hamlet, 3/1), optó por seguir viviendo ante la posible frustración eterna. Si la templanza en el comer es aconsejable para mantener a distancia los problemas del corazón, tener a distancia las causas de la frustración eterna es saludable para arreglar las cuentas con Dios y mantener la paz del espíritu.

No existe ninguna revelación divina ni afirmación alguna del Magisterio de la Iglesia respecto a la forma concreta de entender la frustración definitiva. Hoy día, más maduros y deseosos de una doctrina sana y cierta sobre el infierno, es aconsejable no dar pábulo a la imaginación ni a las fantasías barrocas de tiempos idos (siguiendo la sana advertencia de Juan Pablo II), y aceptar el llamamiento de Benedicto XVI a prestar atención a la posibilidad de la frustración eterna. Seamos atentos a la invitación que nos hacen ambos papas a la reflexión y a la conversión.

Sin temor a equivocarnos, tenemos que confesar la doctrina de la seria Voluntad de Dios en ofrecer la salvación a todos los seres humanos y, a la vez, aceptar la doctrina cierta de la verdadera posibilidad de frustración, no por decisión de Dios sino por la libre elección de la persona.

Alfonso Llano Escobar, S. J.