viernes, 4 de septiembre de 2009

¿Existe el infierno? UN ALTO EN EL CAMINO - Alfonso Llano Escobar, S. J.

 
 
UN ALTO EN EL CAMINO

¿Existe el infierno?

Alfonso Llano Escobar, S. J.

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El hombre moderno, más allá de los sustos, quiere saber en qué puede terminar el drama de la existencia humana.

De veras, ¿existe el infierno? La duda acosa a creyentes y no creyentes. Sin querer queriendo, unos y otros prestan atención a lo que afirman los papas, lamentablemente apoyándose en las noticias superficiales y desorientadoras de los medios, que gustan de enfrentar a Benedicto XVI: "Sí existe el infierno. Hay cupos todavía", con Juan Pablo II: "No existe el infierno... como lugar en el espacio". Lo cierto es que no hay contradicción pontificia en algo tan esencial para todo ser humano: su destino final irrevocable. La oposición entre los papas sólo está en la mente de quienes gustan de atizar el fuego y levantar escándalo donde no hay lugar para ello.

La solución de la aparente contradicción es no dejarse desorientar por comentarios callejeros e ir al fondo de los textos oficiales. Juan Pablo II, inusitadamente avanzado, según el actual paradigma planetario, afirmó que el infierno sí existe pero no ocupa lugar en este orden cósmico, ya que es un estado interior de la persona más allá del presente, según la decisión que haya tomado en vida frente a Dios. En pocas palabras, declaró caducada la imaginería medieval en la que incurrió el mismo Dante en su Divina Comedia: no tuvo empacho el inspirado poeta en poner en lo más profundo del infierno a todos sus enemigos. Pero se cuidó de enseñar algo esencial: "Los que aquí entráis, perded toda esperanza". El hombre moderno, más frío y calculador, no se asusta por descripciones de tiempos medievales y quiere saber, más allá de los sustos, en qué terminará el drama de la vida humana.

Vengamos a Benedicto XVI. Al abrir la cuaresma de este año invita a católicos y no católicos a la conversión del corazón; dice a todos los seres humanos, con algo de imaginación, que siempre ayuda: "Sí hay infierno; todavía quedan cupos". El que estas frases anden de boca en boca de católicos y no católicos prueba que la imaginación nunca pierde actualidad y sirve para dar que hablar y pensar aun a los alejados de la fe: sí es posible la frustración eterna, evitémosla creyendo en Dios y sirviendo al prójimo.

Ya que el tema está sobre el tapete, trataré de aportar alguna aclaración sobre él. La verdad de fondo, que debe tener presente todo ser humano, por si acaso, es que la vida presente está amenazada por la posibilidad real de un fracaso eterno; ella reside en que el ser humano puede disponer libremente de sí mismo reconociendo a Dios y amando al prójimo, o puede rechazar libremente a Dios y causar daño al prójimo, y por ello, frustrarse definitivamente.

Shakespeare, frente a la duda de seguir viviendo o poner libre término a sus días ("To be or not to be, that is the question", Hamlet, 3/1), optó por seguir viviendo ante la posible frustración eterna. Si la templanza en el comer es aconsejable para mantener a distancia los problemas del corazón, tener a distancia las causas de la frustración eterna es saludable para arreglar las cuentas con Dios y mantener la paz del espíritu.

No existe ninguna revelación divina ni afirmación alguna del Magisterio de la Iglesia respecto a la forma concreta de entender la frustración definitiva. Hoy día, más maduros y deseosos de una doctrina sana y cierta sobre el infierno, es aconsejable no dar pábulo a la imaginación ni a las fantasías barrocas de tiempos idos (siguiendo la sana advertencia de Juan Pablo II), y aceptar el llamamiento de Benedicto XVI a prestar atención a la posibilidad de la frustración eterna. Seamos atentos a la invitación que nos hacen ambos papas a la reflexión y a la conversión.

Sin temor a equivocarnos, tenemos que confesar la doctrina de la seria Voluntad de Dios en ofrecer la salvación a todos los seres humanos y, a la vez, aceptar la doctrina cierta de la verdadera posibilidad de frustración, no por decisión de Dios sino por la libre elección de la persona.

Alfonso Llano Escobar, S. J.




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