Alfonso Llano Escobar, S. J.
La Reencarnación no le ofrece salvación al cuerpo, que no pasa de ser un envoltorio intercambiable.
El mito de la Reencarnación está teniendo en Occidente una acogida curiosa y sorprendente. Sus partidarios, antes fervorosos católicos, "cansados con la Iglesia", pero que no quieren caer en manos del crudo materialismo, sino en alas de una espiritualidad muy antigua, importada del Oriente, optan por la Reencarnación.
Los argumentos a favor de la Reencarnación son variados y concordes con las tendencias del momento: nada es definitivo, es difícil comprometerse de una manera irrevocable; se nos ofrece una segunda y tercera opción; es interesante pensar en varias existencias pasadas y futuras. Así cargaremos valientemente con el Karma universal. No podemos escapar de él sino a base de nuevas opciones, de compasión y de fusión con el Todo.
Otro argumento a favor de la Reencarnación es la imperfección que nos acompaña a la hora de la muerte, que nos impide pasar a Dios y que requiere una especie de purgatorio en existencias posteriores hasta lograr la perfección necesaria.
Existe un modelo oriental de Reencarnación, propio de las religiones orientales (budismo, hinduismo, entre otras), y un modelo occidental de Reencarnación, propio de la novedad y oferta religiosa del siglo XXI. "La Reencarnación occidental, se dice, toma un esquema oriental pero introduciendo en él elementos procedentes de la tradición cristiana. Se trata de un sincretismo, de una creencia típicamente postcristiana, que da lugar a una doctrina ligera y maleable".
Haciendo ahora un poco de crítica de la Reencarnación, tenemos que observar que las religiones orientales encuentran en ella una explicación del mito del eterno retorno. Venido el cristianismo, la Reencarnación no tiene sentido ni cabida. Cristianismo y Reencarnación son como el agua y el aceite: incompatibles.
Fuera de esto, la Reencarnación no cabe dentro de la antropología actual, que viene superando el dualismo cuerpo y alma, y acepta una unidad personal desde el cigoto hasta la muerte. Soy una persona con una doble dimensión: espiritual y corporal, pero no soy dos sustancias antagónicas, materia y espíritu. Es fácil decir y aun imaginar que, al morir, el alma sale del cuerpo y se une a otro cuerpo. Pregunto: ¿vivo o muerto? Si lo primero, ya tendría alma, y si lo segundo, no es posible que un alma, venida de fuera, vivifique un cadáver de otra persona. Después de cinco o diez existencias, ¿de quién es el yo actual? ¿Mío o ajeno? ¿Quién es el responsable de las vidas pasadas? Parece algo ridículo que no resiste la crítica de la filosofía ni de la teología actual. Enseña la Escritura: "Está establecido que el hombre muera una sola vez, y que después venga el juicio". Hebreos 9,27.
Y lo más lamentable es el puesto al que vienen a relegar a Jesucristo estos antiguos católicos: un gran hombre en la línea de Buda, Mahoma, Martin Luther King o Mandela. Olvidaron la confesión de san Pedro a las autoridades judías: "Jesús es la piedra que vosotros, los constructores, habéis despreciado y que se ha convertido en la piedra angular. Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombre por el que nosotros debamos salvarnos". Hechos, 4, 11 y 12.
La Reencarnación no le ofrece salvación al cuerpo, que no pasa de ser un envoltorio intercambiable. Esta pone en duda la identidad y unicidad de la persona humana, en cuanto sujeto irreemplazable delante de Dios, capaz de comprometer su destino en un acto de libertad absoluta.
"La tradición cristiana, se dice, nos ha dado un sentido muy vivo de la persona humana, mientras que en la perspectiva oriental la persona es una ilusión que va pasando de Pedro a Pablo. Al final, todo para en la disolución del sujeto en el Todo".
El valor irreemplazable de la persona se debe al hecho de que esta se juega su destino eterno en una existencia terrena única. En tal sentido, cada instante que vivimos es único, no volverá a presentarse y posee un valor eterno".